La ciudad y los días

Carlos Colón

La tierra que el Gran Poder pisó

Dios está en todas partes pero, por decirlo coloquialmente, parece que se pasa con más frecuencia por unas que por otras. En Sevilla se le ve mucho por Santa Ángela de la Cruz y caminando al lado de cada pareja de hermanas de la Cruz que se echan a la calle, bajo su clausura portátil en forma de hábito, para ser el amor de Dios actuando en el mundo. Le gusta parar en las Teresas, Santa Paula, Madre de Dios, San Leandro, Santa Rosalía y todas aquellas casas en las que viven en la libertad más absoluta -la del desasimiento- unas mujeres que creen en Él con tanto realismo que le han consagrado sus vidas. Su retrato más cierto está en San Lorenzo y en la Macarena, la garantía de que se cumplirán todas sus promesas. Tierra Santa chica y nuestra podemos llamar sin exageración a estos u otros lugares en los que nos citamos con Dios en esta ciudad que tantas facilidades brinda para darse de cara con Él.

En la Tierra Santa mía la calle de la Amargura está en San Juan de la Palma y el monte Calvario, en la Magdalena; Belén está en la calle Orfila -corcho y aserrín del nacimiento de los Panaderos- y el portal en el regazo de la Virgen de los Reyes; resplandece en la Virgen de la Presentación la dulce luz de la casa santa de Nazaret y en Jesús Nazareno la davídica realeza del Mesías de Israel; se alza el Pretorio en la Resolana y el monte de las Bienaventuranzas en Santa Genoveva; la Basílica del Santo Sepulcro y la Resurrección es el rostro de la Macarena y el Tabor de la humanísima transfiguración que desvela el poder de Dios en un abatido cuerpo de hombre está en San Lorenzo … Así podría seguir citando -ponga cada cual los suyos- otros lugares en los que me doy de cara con Dios bajo las advocaciones de Fundación, Jesús con la Cruz al Hombro, Humildad y Paciencia, Amor o Pasión.

Siendo esto emocional y devocionalmente cierto para tantos de nosotros, Tierra Santa no hay más que una para todos los cristianos: aquella que Dios le prometió a Abraham y le dio a Israel; aquella en la que María alumbró a Dios encarnado en Jesús y lo acunó entre sus brazos; aquella sobre cuyo suelo anduvo el Señor y bajo cuyo cielo predicó; aquella que empapó con su sangre, en la que fue sepultado y de cuyas entrañas resucitó. A esta Tierra Santa primera y única, y por eso común a todos; a esta Conde de Barajas o Cardenal Spínola verdaderas por las que el primer Viernes Santo el Nazareno caminó al límite de sus humanas fuerzas, aplastado por la cruz, se van hoy mis familiares, amigos y hermanos de San Lorenzo, junto a otros cofrades sevillanos, para venerar la tierra que el Gran Poder pisó.

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