¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

A un tiro de piedra de Sevilla

Esta Semana Santa hemos sido marineros en tierra. Pero ahí tuvimos la provincia para poder escapar

Con la división provincial de 1833, realizada por el afrancesado Javier de Burgos, Sevilla salió perdiendo. Pasamos de ser un reino, con todo el tronío que eso conllevaba, a un vulgar y racionalista departamento a la gabacha. En el cambio, la capital hispalense dejó de ser señora metropolitana de Cádiz, Huelva y un pellizco de Badajoz, territorios que pasaron a ser flamantes provincias y que, desde entonces, nos guardan algo de manía. Para pintar los límites provinciales sobre el palimpsesto de la Península Ibérica, De Burgos estableció que cada unidad debía cumplir tres requisitos: que tuviera entre 100.000 y 400.000 habitantes, que no se tardase más de un día de viaje entre el punto más alejado y la capital (en diligencia, por supuesto), y que fuese coherente geográficamente. Pese a esto, todavía hoy, algunas zonas desgajadas del antiguo reino siguen considerando a Sevilla su capital de referencia. Pasa, por ejemplo, con el sur de Badajoz o la sierra de Huelva. El irredentismo sevillano sigue manifestándose todos los años en forma de hordas en traje de baño que ocupan todo el litoral de su antiguo imperio, sobre todo entre ese largo periodo que va desde la Semana Santa hasta el puente del Pilar.

Pero esta pasada Semana Santa los sevillanos hemos sido degradados a marineros en tierra. Aunque estas fechas piden ya Atlántico, no nos ha quedado más remedio que hacer un ejercicio de introspección geográfica y practicar ese turismo de secano por el que tantos años lleva clamando la Diputación. Los destinos que solemos guardar para el invierno, como las ciudades históricas de la Campiña o los pueblos blancos de nuestra Sierra Morena, han pasado a ser la salvación de los agobiados urbanitas que buscábamos horizontes primaverales más allá de la terraza de un bar o la cola en una iglesia. Y hemos descubierto una provincia radiante bajo los claros y nubes del Viernes Santo, con sus riberas florecidas y sus pueblos entregados al aperitivo. Han sido días de vinazos serranos y senderos entre jaras, alhucemas, fresnos y genistas; de carreteras olorosas y templos enlutados, aún los campos verdes antes de que este pedazo de tierra que los funcionarios liberales asignaron a Sevilla sea el imperio de la chicharra y el rastrojo. Esperemos que en ese momento, ya levantadas las barreras de la Junta, podamos llegar al mar y a sus consuelos, pero ahí quedan para el recuerdo estas alegres jornadas de campo y pueblos de finura meridional: en los Alcores, el Aljarafe, la Vega, las sierras Norte y Sur, la Campiña, la Marisma… y todo, como mandó don Javier de Burgos, muy cerca de la capital.

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