La ciudad y los días

carlos / colón

Una tragedia grotesca

COMO nací en 1952 nunca he vivido un golpe de Estado en España. Franco había dado el suyo 16 años antes. La intentona del 23 F me cogió en Roma y aquella noche los becarios de la Real Academia Española de Bellas Artes nos juramentamos para enrocarnos en lo alto del Gianicolo -hermosa sede de la Academia- si Tejero y los suyos triunfaban, siguiendo el ejemplo de nuestros antecesores en julio de 1936 (y eso que aquella era la Italia de don Benito). Así que el golpe de Estado o golpe al Estado de Cataluña es mi primera experiencia golpista. Eso sí, sin violencia. De momento. Junts pel putsch lo llamaba ayer Arcadi Espada (putsch es golpe de estado en alemán: recuerden cierta cervecería de Múnich el 9 de noviembre -¡qué casualidad!- de 1923). Con toda su gravedad no deja de tener un aire de opereta o de comedia, como si Cataluña fuera la Libertonia o la Sylvania de Sopa de ganso, la Tomania o la Bacteria de El gran dictador o la Viena de El Congreso se divierte.

El Parlamento Catalán se divirtió ayer, desde luego, aprobando la declaración de independencia, dándose 30 días de plazo para "la tramitación del proceso constituyente, de seguridad social y de hacienda pública" y aclarando, para que nadie dude de que se toman muy en serio esta comedia, que no harán caso a "las instituciones del Estado, en particular al Constitucional". Algunas de las frases para la historia que ha dejado la sesión de ayer son verdaderamente realistas e inteligentes: "Un Estado que pone en peligro la salud y la vida de la gente es un Estado fallido" (Romeva); "el Parlament declara hoy deslegitimado y sin competencia el Tribunal Constitucional" (Gabriel); "querellas, prepotencia, miopía y orgullo imperial de un Estado que no escucha ni habla, con tics y reflejos predemocráticos" (Mas).

Este golpe de Estado o golpe al Estado de opereta o comedia es, por desgracia, una tragedia grotesca, una payasada que puede acabar muy mal. Se rompe el ordenamiento constitucional, se desafían las más altas instancias del Estado, se ignoran las reglas de juego democrático, se insta al desacato desde la más alta institución catalana, se pone en peligro la democracia para encubrir la corrupción que ha podrido la Administración catalana desde hace décadas y supone el más traidor y sucio golpe dado al Estado democrático desde el 23 F. Payasada, sí; pero de Pennywise, el payaso asesino de Stephen King.

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