Desde mi córner

Luis Carlos Peris

En las trescientas batallas de Pepe Mel

TRESCIENTOS partidos bajo el mismo pabellón no es cualquier cosa y eso lo ha alcanzado Pepe Mel desde dos plataformas distintas de lanzamiento. En la yerba primero y ahora en el banquillo, este madrileño de Hortaleza ha redondeado una cifra que lo sitúa de pleno derecho dentro de los mejores capítulos de una historia tan exclusiva como la muy centenaria del Betis, por siempre y para siempre Real Betis Balompié.

Recuerdo cómo tras la catástrofe junto al Teide de junio de 1989, el club verdiblanco tomó un rumbo sin nada que ver con el que llevaba. Aquel harakiri ante Rommel Fernández ejercería de catarsis para un tiempo nuevo que, bajo la filosofía de recuperar la dignidad, se emprendía con Hugo Galera en la presidencia y Juan Corbacho en el banquillo. Éste era un personaje irrepetible que le causaría un impacto tremendo a un pichichi recién llegado de Castellón, Pepe Mel.

Criado en los pechos del Real Madrid, era un goleador de esos que tienen el gol entre ceja y ceja, uno de esos futbolistas en los que todo el fútbol del equipo acaba en ellos mismos. Y se hizo moneda corriente un eslogan que no recuerdo si era "no diga Mel, diga gol" o más bien "no diga gol, diga Mel". Lo mismo da que da lo mismo, pero lo cierto es que a golpe de gol, Pepe se hizo un hueco tan indeleble en el corazón del beticismo que le ha durado hasta hoy y lo que te rondaré...

Mel, como todo hijo de vecino, es él y sus circunstancias y éstas hablan bien a las claras del predicamento que tiene en el bético de a pie. La última faena desmañada de cierto administrador judicial fue precipitarse en un finiquito que le costaría sangre al Betis, volvió en loor de multitud, le devolvió, como en aquel 1989, la dignidad en forma de retorno al hábitat natural y ahí sigue, con mando en plaza, capitán en el puente de mando y con trescientas batallas a sus espaldas.

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