La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La tristeza empapa como la niebla

Al instalarse en la cotidianidad, el virus empapa de tristeza. Como la niebla de ayer

Ayer Sevilla amaneció hermosamente triste. Una niebla densa vistió de gris el perezoso amanecer y mojó los suelos como si hubiera llovido. Así va empapando nuestros días la tristeza desde marzo. Salvo los más directa y gravemente afectados por la enfermedad, la muerte o la ruina -que son muchos miles en nuestro país y muchos millones en el mundo- la tristeza ha ido empapando a lo largo de estos nueve meses nuestras vidas. El pasado mayo la OMS advirtió que la crisis del coronavirus provocaría depresión y angustia en muchos ciudadanos. Como es imposible decir sin mentir cuándo regresará la normalidad, estas se han instalado como un elemento más de la cotidianidad de mascarillas, ausencia de contactos físicos, teletrabajo que amputa el compañerismo a la tarea, confinamientos y toques de queda. Y cuando la tristeza se instala en la cotidianidad acaba por tomar las formas de la depresión o la melancolía. No lo notamos a primera vista, no lo notó quien paseara el domingo y viera las terrazas abarrotadas por una multitud feliz; pero la tristeza y la melancolía empapan como ayer, sin que lloviera, la niebla empapó las calles de Sevilla. A todos menos a los inconscientes y a quienes construyen su felicidad sobre la ceguera y la sordera ante el dolor de los otros. Porque a la vez que las terrazas se llenaban, las colas del hambre se triplicaban ante los comedores benéficos. Bien lo saben las Hijas de la Caridad del comedor social Nuestra Señora del Rosario de Pagés del Corro.

Elija cada cual el sentido que quiera dar a la palabra melancolía. Si el de la tristeza estetizada del Viaje de invierno de Schubert o los cuadros de Caspar David Friedrich o el paradójico que Víctor Hugo le dio en Los trabajadores del mar: "La mélancolie c'est le bonheur d'être triste" ("La melancolía es la felicidad de estar triste").

Según el doctor en Psicología Clínica Joaquín Mateu el reto al que nos enfrentamos reúne tres propiedades que lo hacen difícil de afrontar: novedad, porque nadie había vivido previamente una experiencia similar; ambigüedad, porque el virus supone una amenaza incierta; incertidumbre, porque se desconoce cuándo podremos recuperar la normalidad o incluso cómo será esta cuando todo finalice. Al instalarse en la cotidianidad, afectándola hasta en lo más íntimo de las relaciones familiares, el virus empapa de tristeza. Como la niebla de ayer.

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