A contraluz

Joaquín Rodríguez / Mateos

La túnica

un ritual marcado por la memoria El autor toma como motivo de inspiración la túnica de nazareno para reflexionar sobre ella como símbolo del paso del tiempo

COMO el telón corrido del escenario antes de una obra a punto de comenzar, así se han desplegado las túnicas, colgadas en el salón de casa. Otro año más, aguardan una nueva representación, pero sólo una: cada año un estreno. Se descorrerán nuevamente estos negros telones de apresto de ruán, impregnados en su aroma indeleble de años de cera, de incienso, de esparto, de lágrimas, de anhelos, de esperanzas… Bajo ellos, como estalagmitas de cartón, florecen aquí y allá las aguzadas puntas de los capirotes que aguardan fielmente cubrir de anonimato a su dueño y compañero; el antifaz es sólo de uno mismo, porque son muchas las cosas que compartimos tan sólo él y yo en el delirio agitado de unas pocas horas de noche al año.

Paso las horas esperando oír por la megafonía interna del anhelo, con su voz modulada, aquello de "la representación va a comenzar", para encoger el ánimo mientras se levanta el telón, presagio de que algo, conocido e ignorado a un tiempo, está a punto de pasar. Siempre igual, pero siempre distinto.

Como un seno abierto y acogedor espera la túnica, que me ceñirá para remitirme a un espacio íntimo, pero remoto, y a un tiempo sin fin, donde pasado y presente se desdibujan en un único siempre. El miedo, el ansia y la confianza se amalgaman dentro de ella cuando sale, un año más, a recibir el saludo de la noche santa, de la noche alocada, de la noche incierta… pero es mi refugio y mi confidente. Con ella ya no soy yo, sino uno más entre iguales desdibujados, corifeo de un sentir, vestido de un ideal, impregnado de una esencia. Mi nombre es ya mi escudo al pecho.

Cuando, concluida la representación -saturada ya de más cera, incienso, esparto, lágrimas, anhelos y esperanzas- la hiera, cansada, el primer tibio sol de la primavera redimida, me devolverá de nuevo mi ser, renacido en el eterno retorno de mi memoria.

La túnica buscará entonces, satisfecha y muda, su invernada en el altillo, esperando una nueva primavera y una nueva representación que la devuelva a la vida.

El día que ya no esté para llevarla no quiero que me acompañe en su última estación, pues ella tiene voluntad de vida. Volverá a desplegarse en el salón sobre la estalagmita del capirote, esperando a quien ha de seguir nuestros pasos para llevarla al mismo íntimo y remoto espacio de la memoria al que a mí me condujo año tras año, en el que seremos uno siempre. Igual que un día me esperó esta túnica a mí para seguir inundándola de anhelos.

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