Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

Qué fue de la turismofobia

Querer limitar los pisos turísticos y seguir dando licencias para hoteles no parece muy coherente

Hay turoperadores que se atreven a predecir un regreso masivo de la demanda de viajes en el plazo de un año. En un escenario tan incierto como el actual cualquier previsión resulta poco útil, pero sí refleja la confianza de un sector, convencido de que el turismo regresará antes de lo que se piensa y que lo hará a lo grande, como ha ocurrido tradicionalmente después de las últimas crisis.

Mientras, en las ciudades vaciadas ya no se oye el eco de la turismofobia, un concepto que aprendimos a base de cifras propias de Guiness de los récords y del desembarco de un turista low cost que, según algunos, sólo gastaban en suela de zapatos. Tampoco era exactamente así, pero sí es verdad que el turismo había desbordado las previsiones de una ciudad que, a pesar de tener aún margen de crecimiento, clamaba a gritos ordenar estos flujos de ingresos que, no se olvide, dejaban a su paso ruidos, basuras y cada vez menos espacio para el sevillano. Y no todos, en una ciudad tan dada a mirar siempre por el espejo retrovisor, asumieron que ese crecimiento espectacular era bueno. Ni siquiera ahora que la crisis del coronavirus ha destapado la verdadera dimensión y peso de la industria turística en Sevilla, mermando el pan de miles de familias de manera directa e indirecta.

El turismo, cuando regrese, será otro distinto. Pero esos pocos pero ruidosos que se afanaban a diario por espantar a los turistas, los mismos por cierto que hoy se lamentan de lo feo y triste que está el centro de la ciudad, buscarán otros argumentos para volver a la carga.

Las viviendas de uso turístico se convirtieron en los últimos años en una de las mejores armas de este colectivo de detractores. Y justo cuando el Ayuntamiento de Sevilla se había decidido a dar un paso firme para regularlas, esto es, limitarlas, estalla la pandemia y, por desgracia, equilibra ese mercado. A pesar de ello, quizás sea necesario que el gobierno municipal siga adelante y fije unos criterios para regular este sector, pero tal vez lo prudente, también desde el punto de vista político, sería esperar a que pase la tormenta y todos veamos en qué se queda realmente la oferta turística.

Impedir que haya nuevas viviendas turísticas mientras se siguen dando licencias para hoteles no parece muy coherente porque no estamos hablando de una oferta de pisos clandestinos, sino perfectamente reglados y registrados en los censos oficiales. Y de empresas y particulares sevillanos que generan riqueza y empleo y que hoy no entienden por qué el Ayuntamiento de Sevilla sigue empeñado, en plena crisis, en atajar esta situación.

Esta postura municipal de no perder más tiempo para acometer esta regulación, que hubiera sido oportuna ya hace años, resucita el peligroso debate de la turismofobia en una ciudad de servicios que no va a cambiar, por mucho que la pandemia se empeñe, de la noche a la mañana. La crisis ha puesto en jaque a todo un destino en el que las viviendas turísticas son parte implicada. Y nos ha dado a todos la oportunidad de aprender de los errores del pasado, no de volver a cometerlos.

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