La ciudad y los días

carlos / colón

La última pincelada

LEO que "España quiere pasar página de su tormentosa historia con el comandante Chávez, aunque el Gobierno evita elogiarle". ¿Y por qué puñetas habría que elogiar a semejante histrión? Bastan los vídeos que estos días repasan sus intervenciones públicas -desde sus bailes a su programa televisivo, pasando por sus machadas que, curiosamente, parecen no indignar a las feministas- para calificar al difunto. Una cosa es que se haga un balance ecuánime de su gestión y otra la obligación de elogiarle.

No sé si el Gobierno de España evita o no elogiar al estrafalario demagogo. Lo que si sé es el trabajito que le cuesta al progrerío español criticarlo. A lo peor están ambos presos de una parálisis provocada por sus ideas fijas y prejuicios. El populismo de perfil folclo-castrista de Chávez impediría a la vez que la derecha le elogie y que la izquierda le critique. Cerraba los medios de comunicación no sumisos; desde su programa de televisión le decía a su mujer eso tan elegante y tan feminista de "¡Marisabel, prepárate, que esta noche te voy a dar lo tuyo!"; ha destruido las clases medias, alentado nuevas fortunas y ayudado a los pobres lo suficiente como para que le voten, pero no tanto como sacarles de pobres -porque para cambiar las estructuras económicas hay que ser algo más que un esperpento populista-; tenía un alcahuete llamado Luis Pineda Castellano que le proveía la alcoba de bolivarianas ardientes; convirtió Venezuela en el principal importador de armas rusas en Latinoamérica, invirtiendo su muy bolivariano Gobierno de los pobres y para los pobres 11.000 millones de dólares en armamento…

Pero no importa. Resulta que hay entre nosotros quienes lo consideran un defensor de la paz y de los marginados, de los derechos de las mujeres y del progreso de los pueblos. Quienes minimizan sus grandes errores y magnifican sus pequeños aciertos. Quienes se sorprenden de que el Gobierno evite elogiarle. Paz a los muertos, y más en el día de sus funerales; pero ser un personaje internacional con vocación de convertirse en histórico -el venezolano más importante tras Bolívar, según los suyos- tiene el inconveniente de dejar permanentemente expuesto el difunto a criticas, comentarios, balances y revisiones. Los finales suelen iluminar trayectorias. La forma en que nos lloren algo dice de quienes fuimos. La histeria colectiva desatada por la muerte de Chávez ha dado la última, tremenda, pincelada a su retrato.

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