La Sevilla del guiri

John Julius Reel

La última sevillana

LA última vez que visité a mi familia fue a principios de mayo, cuando la fauna de Nueva Hampshire -el estado donde mis padres se jubilaron- estaba en su periodo emergente. Estuve solamente una semana y vi en cuatro ocasiones osos, ¡y una vez tres juntos!, en el jardín de mi madre, desde la ventana del comedor. Su velocidad moviéndose es sobrecogedora. Pliegan y extienden su cuerpos gordos en zancadas tan rápidas como un batir de alas.

Estaba almorzando con mi madre cuando vimos el primero pasar a través del huerto de hortalizas, llevándose consigo la valla de cuerdas y estacas sin darse cuenta.

Dejé caer mi tenedor:

-¡Por Dios de mi vida! -le dije.

Mi madre siguió comiendo tranquilamente.

-Tienen tanto miedo de nosotros como nosotros de ellos -me dijo.

-¿Tanto como tú, o tanto como yo?, porque tú no tienes miedo ninguno.

Se puso de pie para darme un curso sobre la seguridad silvestre.

-Bajo ninguna circunstancia, deberías intentar huir si te encuentras con uno, especialmente a una madre con sus cachorros -me dijo-. Te pillará como un relámpago. Lo que necesitas hacer es quedarte exactamente donde estás y hacerte lo más grande posible-. Mostró la postura recomendada, poniéndose de puntillas y levantando los brazos sobre la cabeza, pero mi madre, aun poniéndose lo mas grande posible, no me parecía suficiente cosa para asustar ni siquiera a una ardilla.-Y esperar hasta que se vaya.

-Arrastrándote a su guarida, claro -le dije.

-Los osos no comen carne. Se alimentan con hormigas y las frutas del bosque.

-¡Un bicho tan grande come como un pájaro! ¡Anda ya!

-En estos alrededores, hay que tener más cuidado con las tortugas mordedoras. En primavera, suben desde el riachuelo para poner y enterrar sus huevos. Son rapidísimas cuando se giran para enfrentarse a una amenaza. Si cogen un dedo con su pico, la única manera de hacer que lo suelte es cortarle la cabeza.

También hay alces, que, según mi madre, son tan agresivos y sorprendentemente ágiles como los osos cuando se sienten amenazados, y coyotes que vagan en jaurías y aúllan a la luna, y, quizás los más peligrosos de todos, campesinos con rifles a los que no les gusta para nada los excursionistas inmiscuyéndose en su soledad.

Y esa es la tierra que mi madre compró para que sus nietos pudieran correr libremente en el campo.

Yo, a pesar de un atisbo de miedo, estoy encantado con la idea. Veo España como el viejo mundo. Lo salvaje de sus comienzos, ya superado y asumido desde hace muchos siglos, se expresa, como debería, en unos ritos y unos espectáculos que se integran perfectamente en la sociedad, enriqueciéndola. Lo que, desde hace mucho tiempo, fue salvaje ahora existe bajo control, en el folklore y en el arte y, salvo en los toros, sin peligro.

En cambio, en EE UU, lo salvaje sigue presente en el día a día, en su estado crudo, y así se celebra. Por lo menos una vez al año, en el periódico semanal del pueblo de mi gente, sale una foto de una familia con niños sonriendo, el padre, o a veces incluso la madre, posando con un arma seguramente todavía caliente, y el oso que descubrieron trasteando en sus contenedores de basura, muerto a sus pies. Ese descontrol de la naturaleza, tanto humano como animal o silvestre, y vivir de la mano con ello, es lo que más echo en falta de mi país.

En España, la primera gran novela fue Don Quijote, que trata de un caballero/ lunático que inventa enemigos y se enfrenta a ellos para sentirse como los héroes de los libros que ha leído. La novela americana empezó dos siglos más tarde con The Last of the Mohicans (El último mohicano), de James Fenimore Cooper, que trata de unos guerreros renegados comportándose según las leyes de la naturaleza, no del hombre, y avasallados por todos lados de enemigos reales.

No sólo a los andaluces, sino a todos los europeos, les gusta señalar que mi país es joven. Lo dicen como si fuera un juicio despectivo. Vale, admitamos que, por nuestra falta de historia, los estadounidenses a veces no estamos al tanto de la grandeza que respalda los orígenes del ser humano, pero también admitamos que al estar sobrecargados de historia, al haber pasado por tantos siglos y etapas desde sus principios, una población puede igualmente acabar no viendo esta grandeza.

Cuando visito Nueva Hampshire con mi mujer y los niños, nos quedamos con mi hermano, que vive de al lado de mi madre, es decir, a 100 metros de distancia, saltando el riachuelo con las tortugas feroces, y atravesando un tramo denso de bosque. Si cogemos la carretera en lugar del atajo, tardamos 15 minutos andando a ritmo andaluz, y 5 minutos andando a ritmo neoyorquino. No me cuesta convencer a mi mujer de que andemos este camino a ritmo neoyorquino. Y de noche, cuando la gran oscuridad desciende, ella simplemente se niega a andar entre las casas sin una linterna.

-¡Anda ya con la linterna! -le dije una noche, después de cenar con mis padres-. Hay que sentir el camino con los pies. Imagínate como pocahontas.

-¡Un mojón para ti! -me dijo. Hacerse la bruta es un recurso suyo para armarse de valor.

-Mi madre me miró, buscando una traducción.

-Se preocupa -le dije- de que yo vaya a pisar un excremento de oso.

-Mi madre, además de ser una anfitriona impecable, aprecia muchísimo más a su nuera que el sentido de humor de su hijo. Le dio la linterna.

-¿Quieres también los cascabeles contra osos? -Se llevan en los tobillos y supuestamente ahuyentan a los osos antes de que se asusten lo suficiente como para atacar.

-No le hace falta -le dije-. Es andaluza. Puede cantar.

Abrí la puerta y la hice salir a empujones. Era una noche nubosa y, debajo de las copas de los árboles, la oscuridad era como una manta sobre nuestras cabezas.

-¡Mira! -le dije, señalando la luz que la linterna proyectaba en el sendero-. ¡Es como un lunar!

De repente, rompió a cantar:

-¡Qué bonita es la noche a la luz de la linterna!

Así que, durante algunos momentos, las dos culturas se unían, o mejor dicho, se invertían: yo como el caballero andante llevando a mi Dulcinea sana y salva a casa, y ella desafiando las tierras remotas de un nuevo mundo, sólo armada con una linterna y unas sevillanas -¡Linterna! ¡Linterna! ¡Cómo crujen las linternas!

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