SÍ. Los españoles, catalanes incluidos, llegamos a este 20-D más unidos que ayer. Sí, no he perdido la razón, lo creo sinceramente. Jamás tantos ciudadanos de nuestro país habían estado tan de acuerdo en torno a cuestiones básicas para nuestra convivencia. Estamos de acuerdo en que es imperativo garantizar al más alto nivel legal que no se repita la bochornosa y repugnante pasarela de políticos camino del juzgado con los bolsillos llenos de dinero público.

Estamos de acuerdo -insisto, catalanes incluidos- en que, para poder confiar en ella, necesitamos una justicia independiente, no politizada, e instituciones democráticamente elegidas, bajo el principio de un hombre/una mujer un voto, que ya está bien de que la provincia de residencia defina los derechos políticos de los ciudadanos.

Muchos somos los que también estamos de acuerdo en que un país decente es un país que no deja a nadie atrás, un país que no deja sin luz a un pensionista en invierno, un país que educa a sus siguientes generaciones con dignidad, no en barracones, un país que garantiza la salud a sus ciudadanos, sin copagos ni repagos, un país que rescata familias del desahucio en lugar de a bancos que multiplican beneficios (un 40% en el primer semestre de 2015) y no reembolsan el dinero público que se embolsaron (40.000 millones se perderán irremisiblemente).

Y no me escondo, es verdad que hay una diferencia entre los catalanes y el resto de españoles. Si bien catalanes y españoles compartimos mayoritariamente la vía del diálogo y repudiamos categóricamente la unilateralidad de declaraciones intolerables como a la que hemos asistido en el Parlament, no es menos cierto que mientras en Cataluña es abrumadoramente mayoritario el anhelo del derecho a decidir, tanto entre independentistas -y soy de los que piensa que mientras los catalanes tengan que seguir despidiendo a sus hijos en los aeropuertos seguirá incrementándose el número de estos- como entre aquellos que quisieran sencillamente revisar el encaje institucional de un modelo territorial que hace aguas; en el resto de España, el derecho a decidir es un debate abierto.

Es por tanto en este marco de discusión y como andaluz que quisiera aportar una reflexión. Y permitan que me remita a un momento histórico con enormes semejanzas -y disimilitudes obvias- con este, la Transición. En 1977 se dirimía en España el modelo territorial y había una diferencia entre los andaluces y el resto de España, como la hay ahora entre Cataluña y el resto de España. Los españoles no entendían por qué Andalucía debía poder elegir su propio destino como nacionalidad histórica, como Pueblo, como así se le reconocía a Cataluña, País Vasco y Galicia. Sin embargo, los andaluces lo reclamaban mayoritariamente. Lo hicieron en las calles el 4 de diciembre de 1977 y se ganaron el derecho a decidir, lograron modificar el texto constitucional que se fraguaba e incorporaron en la Carta Magna un derecho que ejercieron el 28 de febrero de 1980 y que consagró que nuestra tierra, Andalucía, sería en España como la que más. En aquel entonces el PSOE sí ilusionaba, sí se atrevía y estuvo con el derecho a decidir de los andaluces. Si la señora Díaz, que hoy habla de "la trampa del derecho a decidir" hubiera dirigido el PSOE de entonces, los andaluces habríamos sido una Comunidad Autónoma con unos derechos mermados respecto a la de lugares como Cataluña.

Los catalanes vienen insistiendo en su particular 4-D, durante sucesivos 11-S -diadas- masivos. Como andaluz, al igual que se escuchó a mi tierra aquel 28-F, no puedo sino empatizar con la reclamación democrática de otro Pueblo de nuestro país. No es descabellado por otro lado unirse al reclamo de regeneración institucional de muchos -yo diría que la mayoría- de catalanes que son independentistas a fuerza de tropezar ante el inmovilismo de Rajoy que no da opciones al diálogo. ¿O es que no estamos de acuerdo con esos catalanes en que el Senado debe dejar de ser un retiro dorado de políticos para convertirse en una cámara útil para un país pluricultural, plurinacional como el nuestro? ¿O es que no estamos de acuerdo en que deberíamos revisar un sistema de financiación injusto -con Andalucía especialmente- y comenzar a echar las cuentas con más claridad -no dejo de preguntarme por ejemplo por qué los contenedores de mercancías que pasan por el puerto de Algeciras se contabilizan en Madrid?

Somos un país plural, diverso, rico, hermoso en la diferencia. Lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Las familias no se mantienen unidas por la fuerza, se mantienen unidas cuando tienen proyectos ilusionantes que las amalgaman. El PSOE y el PP son incapaces de proyectar ilusión porque no confían en los españoles, porque escogieron no competir con Alemania o Reino Unido (a pesar de que son nuestros ingenieros e ingenieras los que levantan la industria de estos países) y hacerlo con Egipto o Tailandia, a ver quién servía mejor a los ciudadanos de aquellos países en vacaciones.

Hoy somos muchos los españoles los que nos permitimos soñar con un país mejor, competitivo, fuerte, audaz, industrial e industrioso, un país con empleo digno, más democrático, con una justicia independiente, sin corrupción, pero también sin instituciones caducas como las diputaciones, sin desahucios. Construyamos juntos esa España de la que nadie se tenga que marchar -porque no encuentra empleo- y nadie se quiera marchar, porque ilusione construir juntos.

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