La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La utilidad de las cabinas de teléfono

La nueva hostelería tras los meses duros de pandemia debe atender los mensajes que el pueblo expresa en las cabinas

La utilidad de las cabinas de teléfono

La utilidad de las cabinas de teléfono

Entre las cosas que han cambiado tras los duros meses de la pandemia se encuentran los hábitos de muchos bares de toda la vida. Unos a mejor y otros a regular. Los meses de encierro, de Erte y de restricciones en general han derivado en relajaciones en el horario del servicio, reformas que terminamos pagando los clientes y cambios no siempre para mejor. Hay tabernas en las que antes se desayunaba que ahora se encuentran con la persiana echada a la hora del café cortado con la media tostada con jamón de york y tomate. ¿Triturado o en rodajas? Pregunta usted al dueño y le dice que ya no merece la pena abrir tantas horas, que ya no viene tanta gente, que sale muy caro mantener al personal para servir desayunos que, como mucho, suponen tres euros de media por persona en el cálculo más favorable. Usted pone entonces esa cara de sueco en la cola del Alcázar y se da cuenta perfectamente de que el tío de su bar preferido ha reajustado su vida y sus cuentas como el que se separa y se acostumbra a vivir en soledad. Como decía la letra de la canción de Presuntos Implicados: ¡Cómo hemos cambiado!

También hay novedades buenas como la recuperación de La Isla, en el Arenal. Todo un clásico reformado, pero sin el célebre camarero Manolo, el gitano, ya jubilado. ¿Siguen dando la tapa de arroz del día? Dato importante que habrá de ser comprobado, pues junto a Manolo se trataba de las señas de identidad del establecimiento. La Moneda ha cerrado, pero ha abierto con más potencia en Tomás de Ybarra. El Bajo de Guía de la calle Adriano está a reventar en las tardes de toros, con ese arroz al que los entendidos echan un dedito de oloroso. Los neo-roblesianos (de Robles) se multiplican tras meses en los que ha sido la única referencia de la alta hostelería en el entorno de la Catedral. Y además extiende sus postres al bar del muy taurino hotel Colón, que por medio de doña Laura Robles se garantiza una cuota sevillana. Por algo se empieza. El Baco de Cuna capta la clientela selecta del entorno de la Campana. La que intenta ser más chic acude al Cañabota de Orfila. Tanto en Robles como en Becerrita se encuentran o simplemente coinciden a diario cierta clase dirigente e influyente de una sociedad que poco a poco despierta y a la que le cuesta creerse que tendrá un año normal, con su Navidad y sus fiestas mayores. El mejor mensaje sobre la hostelería actual se lee en una cabina de teléfonos de la Plaza de San Marcos: "Menos tartar de atún y más espinacas con garbanzos". Para que luego digan que las cabinas ya no sirven para nada. Hay que reconvertirlas en las nuevas murallas, ¡donde siempre hablan los canallas!

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