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Rafael / Padilla

No vale engañar

LA exacerbación del nacionalismo catalán no supone un fenómeno singular. Es cierto que el caso presenta matices especiales, actitudes y desafíos que traspasan con frecuencia los límites de la lógica. Pero la verdadera razón de su hiperactividad creciente aparece también en otros territorios europeos que comparten anhelo y esquema. En realidad, no hay nación en el Viejo Continente que no tenga entre sus formaciones políticas algún grupo con aspiraciones separatistas. Hasta 80 identifican los expertos dentro de las fronteras de la Europa unida. Ejemplos como los de Escocia, Flandes, el País Vasco, Irlanda del Norte o Córcega, por citar sólo los más significativos, fundamentan lo afirmado. Se trata, en suma, de una reacción común y visceral frente a la crisis: si nos encontramos mal, elucubran, si somos incapaces de mantener un cierto nivel de prosperidad, es porque vivimos lastrados por inútiles compañeros de viaje que nos impiden despegar. Un argumento de este tipo, tan facilón y demagógico como exitoso, actúa como disparador infalible de sentimientos independentistas.

Es la pésima coyuntura económica que sufrimos la que asegura, más allá de cualquier raciocinio, la prolongación y el agravamiento del incendio. En ese ambiente pasional, además, cualquier voz objetiva será tozudamente desoída. No hace mucho, en entrevista concedida a El País, Francesc Granell, catalán insigne, director general honorario de la Comisión Europea y afamado economista, intentaba esclarecer los peligros ciertos de la aventura: "Cualquier región que salga quedará fuera de la Unión". "Si no es miembro de la UE, no es miembro de pleno derecho del euro". "No veo que tengamos aliados en Europa ni en el mundo para la causa del Estado propio". "Seremos un Estado fallido, como Somalilandia o Kosovo". "Cataluña quedaría fuera de los mecanismos de ayuda financiera". Un panorama lo suficientemente horrendo como para moderar el ardor patriótico y obligar a reflexionar sobre sus muchas y profundas incongruencias.

Por supuesto que no lo atenderán en absoluto. Es lo que tiene el apostar por el corazón y no por la cabeza. Allá ellos. Aunque lo que no vale es engañar al paisano: la independencia atraerá penosísimas consecuencias económicas para Cataluña. Ésas que, por limpieza democrática y en aras de su propia y reclamada respetabilidad, no debieran hurtarse jamás ni del debate, ni de la futura e hipotética consulta.

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