Relatos de verano

Hipólito G. Navarro

Tantas veces huérfano (IV)

Cuando se metieron al fin en los coches, ya oscurecido por completo, dejó escapar Cañado de sus ojos unas muy escuetas lágrimas, insuficientes para desatar el tremendo nudo que le apretaba bajo la ridícula corbata, en la garganta. Las limpió en silencio con las mangas de la camisa, no fuesen a brillar en la negrura del asiento de atrás creando un feo contraste con el brillo del diente de oro de su tío Fidel. Aquella fea prótesis en la boca del hermano mayor de su padre le daba grima, un poquitín de repelús, y le parecía entender que su tío lo sabía, y que por eso abusaba de la sonrisa en su presencia. El tío Fidel, en efecto, más risueño y dicharachero que nunca, se giró en el asiento y lo miró sorberse los mocos desde aquella privilegiada posición de copiloto, muy arrogante junto a su progenitor.

No podrá sin embargo negarle ahora el recuerdo a Cañado que en aquella lejana y fatídica noche sí hubo al menos unos instantes de rara felicidad, que lo conmovieron profundamente.

Al terminar de subir las empinadas cuestas desde el pueblo, unos metros antes de alcanzar el puerto de montaña y la explanada frente al mirador, toda la algarabía de risas y conversaciones animadas que llevaban los mayores quedaron en suspenso dentro del coche, y se hizo un silencio bastante espeso, casi religioso, más que roto acompañado con alevosía por el monocorde ronroneo asmático de los motores. También desde el exterior los envolvió de pronto otro silencio mayor, huérfano de grillos y de otras criaturas musicales de la noche, callada milagrosamente la barahúnda de cláxones de los otros coches que subían con ellos en caravana.

En ese completo mutismo lleno de expectación cubrieron los últimos metros hasta el mirador, un silencio que permaneció poderoso durante mucho tiempo, interrumpido únicamente en el momento de aparcar, al abandonar los automóviles la relativa suavidad de la carretera, cuando los neumáticos ofrecieron una repentina trituración de piedras y gravilla en la explanada, para volver enseguida a acompañar la extraña procesión de las figuras que se acercaban a las barandillas para contemplar de lejos, allá abajo, una nueva y definitiva visión de la aldea.

Le resulta curioso ahora al Cañado Jara adulto -porque quizá hacerse mayor conlleve siempre tener que dar cobijo a alguna que otra insensibilidad, pues no sólo aparecen durezas y manchas en la piel, también por dentro tienen lugar inevitables y dolorosas metamorfosis-, le resulta curioso ahora recordar cómo le emocionó por aquel entonces el sencillo espectáculo de la aldea iluminada, una visión que por otro lado, incluso en sus escasos años, podía haber tenido muchísimas veces sin que en absoluto le llamara la atención.

Ojalá hubiese sido así de simple.

Sabe José Cándido Cañado sin embargo que aquella profunda emoción está ligada íntimamente a otros descubrimientos que tuvo que hacer de inmediato, pero le gusta ahora imaginar que fue tan sólo la aldea cuajada de bombillas la que provocó tantos y tan desconocidos sentimientos.

Vio primero la aldea, el brillo quieto, remansado, sin parpadeos, de su iluminación, tan diferente de aquellas llamaradas de las candelas con que la conocía en los días de fiesta, y enseguida buscó entre los otros el rostro de su padre, para compartir con él, por encima del pesar de las horas anteriores, aquella extraña emoción que lo embargaba.

Se cruzó antes con los ojos de su madre, que miraban muy abiertos, como espantados, más que el caserío recién vestido de luces, la vasta extensión de viejas y gastadas montañas que comenzaba un poco más lejos, el oleaje de sombras que desde allí cabalgaba, sinuoso, hasta hacerse plano en la línea del horizonte.

Su padre permanecía quieto un poco más atrás que ella en el mirador, como si de pronto le hubiese dado miedo o vértigo rozarse con las barandillas. Él sí contemplaba la aldea, la miraba en completo silencio, con la expresión muy quieta, como ausente, mirando sin ver. Por sus mejillas rodaban abundantes las lágrimas, muy brillantes, como perlas. Unas perlas que al Cañado niño le parecieron copias exactas de la aldea en pequeñito, diminutos planetas, que se estrellaban finalmente en el suelo de la misma manera que las bolitas de mercurio de los termómetros que él mismo había roto, para dispersarse en otros cientos de gotitas y desaparecer luego sin dejar rastro, absorbidas por la tierra seca.

Otros cuantos mayores más repetían en sus rostros escenas semejantes, y así permanecieron por mucho rato, mirando unos fijamente a la aldea, otros perdidos los ojos y los pensamientos mucho más lejos, todavía un tercer grupo, donde se incluía Cañado, observando las caras y las reacciones de los demás. Ni siquiera cuando unos ligeros murmullos primero, algunos tímidos aplausos más tarde y un inmenso griterío al final quisieron dar al traste con los ensimismamientos, se dejaron de ver pensativas siluetas recortadas sobre la claridad de la aldea.

La abultada silueta de su madre de perfil, y la de su padre inclinado por detrás besándola en el cuello, es la última imagen feliz que conserva de ellos Cañado desde entonces.

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