La ciudad y los días

carlos / colón

l a vecina más antigua

MARÍA de Nazaret de Galilea, hija de Joaquín y Ana, prima de Isabel, esposa de José y madre del Nazareno, representa el más delicado misterio del cristianismo. Una delicadeza que no le resta fuerza. Es la mujer que en el subversivo Magnificat se enfrenta a los ricos, los poderosos y los opresores; y la mujer apocalíptica con la luna bajo sus pies, vestida de sol y coronada de estrellas, que se enfrenta al dragón. María se integra así en la tradición israelita de las mujeres fuertes de la Biblia como Débora, Sara, Ruth, Esther o Judit. Siendo superior a ellas por ser, para los cristianos, la madre del Mesías de Israel.

La difícil coexistencia entre esta fuerza y esta delicadeza ha sido magníficamente expresada a lo largo de dos mil años de arte cristiano, desde las primeras pinturas de María en las catacumbas a la asombrosa iconografía barroca de la Inmaculada, desde el Sub tuum praesidium del siglo III a las hondas La mirada de la Virgen y La primera comunión de la Virgen de las Veinte miradas sobre el niño Jesús que Olivier Messiaen compuso en 1944. Pero también ha habido, sobre todo en los siglos XIX y XX, interpretaciones blandas que degradan la delicadeza en cursilería y la fuerza en amaneramiento. El de María, ya lo he dicho, es un misterio muy delicado que por ello exige rigor, seriedad y distancia sagrada. En la intimidad se siente hacia ella un cariño tan emocionalmente indefenso, tan de hijo hacia su madre, que es fácil incurrir en la cursilería al expresarlo. Mejor callarse -a María le sienta bien el silencio- y dejar que hablen por nosotros las obras maestras que, por expresar nuestra emoción, atraen nuestra devoción.

Es el caso de la Virgen de los Reyes, la vecina más anciana de Sevilla. Si, ya, la Giralda tiene un siglo más que ella. Pero nadie la consideraría una vecina y le hablaría. A la Virgen de los Reyes, en cambio, le hablan y le rezan los sevillanos desde 1248. Representa la imagen de una mujer que realmente existió, esa delicada y fuerte María de Nazaret, con la que se puede hablar con la seguridad de ser oídos a través de esta imagen sabia y alegre que tiene la mirada y la sonrisa de una Hermana de la Cruz. O más bien al revés: la mirada y la sonrisa se la debió contagiar la Virgen de los Reyes a Santa Ángela de la Cruz, y ella a sus hijas, cuando la visitaba camino de casa del padre Torres Padilla en la placita de Santa Marta.

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