Julián Aguilar García

Abogado

Tu vecino pasa hambre

Mi liberalismo es compatible con la creencia de que es bueno ayudar al necesitado

Empezaré con una afirmación consciente y voluntariamente polémica: soy de la opinión de que en nuestra tierra sobran subsidios y ayudas, que desincentivan el esfuerzo y crean seres desprovistos de libertad y autoestima, aunque ellos mismos ignoren tal condición. El carácter excesivamente subsidiado de la vida social y económica andaluza -y la forma de decidir, adjudicar y recibir tales ayudas- constituye una de las raíces de varios problemas esenciales, entre ellos el clientelismo político y el que Andalucía no termine de converger con el resto de España. De hecho, hay previsiones según las cuales este año la brecha aumentará.

Segunda afirmación: no albergo la menor duda de que jamás en la Historia ha habido un nivel económico medio más elevado en el mundo, en España, en Andalucía, en Sevilla, pese a la reciente y lacerante crisis.

Tercera afirmación: pese a lo anterior, no soy tan ciego, insensible o autocomplaciente, como para ignorar que entre nosotros, en el centro de Sevilla o de Marchena o de Tomares, tenemos vecinos que, sin demagogia, pasan hambre. No hace mucho leíamos un artículo en este periódico sobre el carácter crónico de la pobreza en Sevilla.

Relacionemos las tres afirmaciones: tengo para mí que disfrutamos de gran libertad (con la salvedad atenazadora de la corrección política) y de una indiscutible bonanza económica generalizada y que los subsidios son, como regla, negativos. Pero mi deseo de mayor liberalismo es compatible con el convencimiento de que es bueno que se ayude a quien de verdad lo necesita. No al acomodado o institucionalizado receptor de dinero público o privado sin contrapartida. Sí a quien no ha tenido suerte en la vida pese a intentarlo con persistencia. Son más de los que creemos.

Los sevillanos disfrutamos de instituciones tan laudables como la Santa Caridad (y su economato de Miguel Mañara), Cáritas, las bolsas de caridad de las hermandades, comedores benéficos como los de San Vicente Paúl-Hijas de la Caridad, San Juan de Dios (qué casualidad, todos esos ejemplos, vinculados a la Iglesia católica, tan denostada por los que no hacen nada)…, con ayuda a su vez del Banco de Alimentos, fundaciones de empresas varias a las que me encantaría hacer publicidad, muchas pequeñas donaciones anónimas y, sí, dinero público.

No está de más que seamos conscientes de esta realidad. Tu vecino puede necesitar ayuda o simplemente algo más importante: cariño, cercanía, conversación. La ausencia de ingresos suficientes o aun la mera inseguridad sobre si se tendrán ingresos en el futuro no sólo afectan a la salud física y psíquica, sino a la integridad de la persona, que no puede trazar planes, que no puede crecer, que siente que no puede aportar a la sociedad.

Por cierto, ¿sabes cómo se llama tu vecino? Yo, no.

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