mERCEDES DE PABLOS

Periodista

La venda no cayó

No se trata de si hay más o menos periodistas en los órganos de la RTVA, sino de qué van a hacer

Cuánto cuesta la nostalgia? Ay perdón, que andaba yo pensando el precio que pagamos por amarrarnos a objetos inútiles, trastos obsoletos y menudencias porque se nos encoge el corazón con la sola idea de tirarlos o deshacernos de ellos. Una chorrada nada práctica, al fin y a la postre algún día la vida nos desprenderá de a quiénes más queremos (por deceso propio o ajeno) porque tenemos fecha de caducidad pero, quién dice que lo útil sea lo más importante. Y de ahí y sin querer hacer comparaciones he llegado a la RTVA y sus órganos de control.

Aunque conozco algunos fieles de Eurovisión (y no obstante personas cabales) yo creo que con esa patochada cara y prescindible nos pasa exactamente eso, que nos cuesta tirar a Uribarri, Íñigo, Massiel, Salomé o hasta Remedios Amaya a la basura del pasado y, dejándolo, dejándolo, el monstruo va creciendo y terminará enterrándonos a todos. Eurovisión sirve también como ejemplo de un modelo: de festival y de televisión. Un modelo antiguo, inoperante, pesado, casi tóxico, que quienes deberían cambiar dejan intacto, será por murria o tal vez porque crean que les viene de perlas. Se equivocan. O al menos en parte, porque las audiencias fragmentadas, el consumo de televisión por pantallas y el alejamiento de los jóvenes (de cuarenta para abajo) de la TV convencional hace que el actual modelo resulte más viejuno que un museo de cera.

Y, sin embargo, cuanta pasión para nada, que diría Julio Llamazares: trabajadores deprimidos que a su vez son vistos como privilegiados, presupuestos que parecen astronómicos y resultan escasos en la realidad, órganos democráticos y valiosos que se devalúan como si nada ya pagara un precio. Más que a Lampedusa, al que se le viene citando con fruición, la imagen de lo que los partidos (y no sólo) están haciendo con nuestra radiotelevisión pública recuerda más al avejentamiento de algunas casas cuando sus inquilinos ha dejado de quererlas, de verlas como hogar. No se sabe cómo las paredes desde ese momento parecen siempre sucias, los muebles ajados, las cortinas rotundamente polvorientas aunque se le pase la vaporetta cada día.

Lo hemos ido dejando: ni el número ni las funciones de los Consejos de Administración y Audiovisual han merecido una pensada ni al gobierno ni a la oposición. Tampoco a la propia casa, sumida en la incertidumbre desde hace mucho y carente de esperanza y ambición. Y, a pesar del pronunciamiento crítico de las asociaciones profesionales, tampoco se trata de si hay más o menos periodistas en los órganos sino qué van a hacer, cómo y por qué. No se pone en cuestión la calidad ni humana ni profesional de nadie pero mientras no hablemos de un modelo, de dimensión, de funciones, de gasto y rentabilidad social… será como presentarse a Eurovisión.

Que o se escapa un gallo o seremos irrelevantes. Y la venda no caerá aunque esté hecha jirones (soy incapaz de reproducir toda la letra de la insigne canción).

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