La tribuna económica

A ver si aceptan la cartilla del paro

EN esta semana hemos vuelto a sufrir en nuestras entendederas económicas eso que los psicólogos llaman disonancia cognitiva. Por un lado, hemos sabido que el paro ha descendido, lo cual es una buena noticia por mucho componente estacional que la adorne. Por otro, el think tank de Unicaja, Analistas Económicos, nos ha dado la de arena: sus modelos predictivos nos advierten de que antes de que acabe 2009 estará parado uno de cada tres andaluces en edad de trabajar. Las personas, según la teoría de la disonancia cognitiva, tendemos a arreglar la incongruencia que ataca nuestra mente, muchas veces mediante simplificaciones de la realidad, e incluso mediante la técnica de ignorar aquello que nos perturba. El ministro de Trabajo, Corbacho, dice que hemos tocado fondo y que los muy hartibles brotes verdes ya tienen cuerpecito de lechuga. Pero las huestes analistas de Villalba nos tiran el bocado de cruda realidad, y vaticinan un futuro inmediato de lo más quieto: la crisis, al final, se llama paro. Es cierto que Andalucía cuenta con una población joven, que aporta más gente a las listas del paro por puro crecimiento vegetativo, pero ese argumento no justifica más que una parte de nuestro liderazgo en desempleados: también se destruye más empleo aquí.

La economía, como la propia vida, evoluciona con el motor de la dialéctica. En un pasado no remoto, la política económica se debatía entre combatir el paro y combatir la inflación, y las recetas para cada uno de esos propósitos resultaban ser contrarias a las recetas precisas para el otro. Las bondades de consumir y las de ahorrar para un sistema económico también son contrarias, o cuando menos complementarias. O nadas o guardas la ropa. La falta de actividad laboral, por su parte, tiene dos efectos perversos. Primero e inmediato, que las arcas públicas se drenan con las prestaciones que recibe quien se queda en la calle y en su casa. Esto, a su vez, tiene como efecto un empobrecimiento general, ya que los gobiernos se ven forzados a subir los impuestos (tabaco, gasolina, ¿IVA?) y también las tarifas de los suministros básicos que, indirectamente, suponen ingresos públicos: nos acaban de anunciar una electricidad más cara... para un país más pobre. Segunda perversión, la caída de la renta familiar -y, por tanto, de la confianza en el futuro- provoca un desplome del consumo, con tercas excepciones: ayer se podían ver en los comercios laberínticas colas de personas, quien suscribe incluido, deseosas de pagar los trofeos de las rebajas. La caída del consumo es particularmente nociva para un modelo económico como el español, cuyas dos patas básicas han sido el propio consumo y el crédito para comprar casas hinchadas de precio. El modelo andaluz reproduce la patología del nacional de una manera más acusada que otros territorios. Más allá del turismo, nuestra ventaja competitiva sostenible, que diría Michael Porter, está por descubrirse.

Permitámonos recordar aquella Veneno en la piel, de Radio Futura, que se antoja premonitoria de esta letal disonancia entre paro y consumo, de la que no es fácil zafarse: "Pero primero quieres ir a cenar, y me sugieres que te lleve a un sitio caro, a ver si aceptan la cartilla del paro, porque si no lo tenemos que robar".

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