Acción de gracias

La vida en el cine

Nuestra memoria sentimental es un mapa donde están señalados los cines a los que fuimos

Alberti escribió, por la fecha en que vino al mundo, aquel verso espléndido de "Yo nací -¡respetadme!- con el cine", y aunque los demás no podamos vincular nuestros orígenes a un invento tan maravilloso como el de las películas somos muchos los que creemos que nuestra biografía no se entendería sin la luz que arrojaba el proyector, sin la emoción que sentimos dentro de una sala. Nuestra memoria sentimental, esa geografía que ya ha perdido sus dimensiones reales pero que sigue intacta si cerramos los ojos, es un mapa donde están señalados los cines en los que tantas veces nos evadimos.

Los recuerdos, ay, se amontonan y empiezan ya a mezclarse, y no logro precisar si fue en el Pathé o en el Palacio Central donde vi Chitty Chitty Bang Bang, Mary Poppins, Ben Hur o Cantando bajo la lluvia, títulos que asoman cuando evoco mi infancia, porque entonces se reestrenaban clásicos con frecuencia. En el Regina conocí a ET el extraterrestre;en el Emperador -¿o quizá fue en el Fantasio?- acompañé al joven Sherlock Holmes y sus amigos de El secreto de la pirámide; ubico en el Avenida o el Alameda, porque eran los cines más cercanos a mi casa, los pases de Los Goonies, Cuenta conmigo, Regreso al futuro. Los chavales inadaptados, los tímidos y torpes para las relaciones sociales, encontrábamos amigos en aquellas sesiones. Colegas imaginarios -los personajes de aquellas historias-, pero también reales: otros chicos que no jugaban al fútbol ni veían partidos, que hallaban su afición (casi una religión propia) en esos largometrajes.

Ya hablé en otra columna de El club de los poetas muertos y de la conmoción que me supuso asistir a las clases del profesor Keating. Yo no me había matriculado en aquella escuela de Vermont, compré una entrada en el cine Cristina. Allí, si no me equivoco, mi yo adolescente cayó rendido a una Maribel Verdú que suplicaba la muerte bajo la lluvia en Amantes: sigo siendo fiel a esa actriz décadas después, porque una vez, de algún modo, fue parte de mi vida. En otro cine, el Bécquer, accedí sin mucha información -sabía que había ganado la Palma de Oro, entonces empezaba a gestarse el cinéfilo repelente que sería más tarde- a Corazón salvaje, y entrar en la loca imaginación de David Lynch fue una especie de epifanía. En el Rialto, mi amigo Cristóbal y yo -creo que sin tener la mayoría de edad- nos metimos en una película de Tinto Brass y a la segunda escena nos salimos abochornados. Y en el Corona Center descubrí a André Téchiné y a Gus Van Sant, el cine indie, la idea de Europa, y supe que tenía hermanos en mis rarezas.

Hoy que se aplazan los grandes estrenos por la pandemia, que los cines resisten como pueden, quería pedirles que vayan a ver alguna película. La cultura es segura, se sentirán a salvo. Y allí les espera la vida.

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