Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

La vida literaria

DESDE fuera, lo que llamamos el mundo de la cultura puede parecer atractivo, estimulante o incluso cautivador, pero ni es oro todo lo que reluce -abundan las poses, las máscaras, los decorados, los trampantojos- ni quienes lo protagonizan o frecuentan están libres de las miserias presentes en cualquier otro ámbito, agravadas si acaso por la vanidad que de siempre ha tentado a los artistas y en la sociedad del espectáculo, necesitada de egos hinchados, resulta aún más irresistible para los temperamentos soberbios. Si hablamos de literatura, es habitual que los autores primerizos o aficionados ambicionen más o menos secretamente -a veces nada secretamente- ingresar en un circuito que imaginan formado por seres lúcidos de virtudes excepcionales, pero lo cierto es que no pocos de los que hacen la carrera, al margen de su valor como creadores, son individuos bastante planos o directamente insufribles.

Una cosa es la literatura y otra el mundo de la literatura o lo que se dice la vida literaria, bien poco interesante o hasta indeseable para quienes aman la primera. Puede uno tratar a los escritores o a quienes se dedican a oficios afines por amistad o imperativo profesional, pero inspiran desconfianza los entusiastas que presumen de conocer a todo el mundo y no pierden ocasión para exhibir esa familiaridad, sea real o impostada. Tanto en el mainstream como en los canales alternativos hay desde luego hombres y mujeres luminosos con los que merece la pena alternar, más allá del prestigio o la nombradía. Por fortuna se los reconoce de inmediato, por oposición a quienes se entregan al narcisismo, los celos absurdos o la autopromoción obsesiva, propios de la gente que se toma demasiado en serio a sí misma o da una importancia desmedida a la imagen, que nuestro tiempo propone cuidar como una marca. Igual sucede con los editores, los periodistas o los gestores culturales -para no hablar de los políticos de la cosa, en muchos casos verdaderos ceporros- que a veces destacan más por su capacidad para trabar relaciones de conveniencia o mover los hilos entre bambalinas que por sus lecturas o su sensibilidad hacia la materia prima que en teoría sustenta los oficios respectivos. Esa materia prima son los libros y es la vida, de la que aquellos, aun los más hermosos o esclarecedores, ofrecen sólo una suerte de simulacro. Más que en las bibliotecas, en las tertulias o en los seminarios, hay que buscarla en los parques, en los mercados o en el bar de la plaza.

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