El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

El viejo titán contra el titán desmembrado

La nueva guerra fría no es militar, sino de mercados y de colocación de capitales

ESTAR en el euro ha sido interesante, entre otras cosas, por los bajos tipos de interés vigentes en la Eurozona. Pero si un país, como ha sido el caso de España esta misma semana preelectoral, debe financiar el cash para pagar sus obligaciones corrientes y sus vencimientos de deuda anterior a un precio cinco puntos superior (o tres veces más caro, si lo prefieren) al de un país hermano de moneda... la moneda es una condena. Muchos afirman que la condena nos la hemos buscado nosotros en nuestra inmensa ceguera colectiva: nuestros gobernantes, bancos, familias, empresarios, analistas. Cabe objetar a esto que tal ceguera es imputable a casi cualquier otro país occidental. Otros culpan de la debacle a una catástrofe cíclica difícilmente predecible, e incluso al estadio final del capitalismo en su versión más financiera, previsto por Carlos Marx. Hay quienes piensan -como mayormente piensa quien suscribe- que las prácticas financieras sin supervisión efectiva llevan sin remedio a la locura crediticia y a la sofisticación fraudulenta de los productos financieros, y esto lleva a su vez al desastre de la economía real. Dejemos de lado la controversia sobre el pecado original, y pensemos sobre una de sus consecuencias: la posible extinción del euro.

Podemos analizar la zozobra del euro como el resultado de una guerra euro-dólar, una interpretación bélico-monetaria. El dólar ha sido siempre la moneda franca del mundo. Toda la economía negra o sumergida del planeta funciona en dólares, y podemos considerar al tráfico informal de dólares en un alto porcentaje de las transacciones agregadas. El euro vino a discutir el papel de moneda franca del dólar a principios de este siglo, y ha conseguido ser reconocida como segunda moneda mundial, echándole el aliento en el cogote a un dólar debilitado, debilidad en buena parte deliberada. Los billetes de 500 euros han robado un espacio muy importante al dólar en los trajines y trasiegos de dinero negro más o menos criminal. Justo antes de la circulación del euro, un asesor de Bill Clinton afirmaba lo siguiente: "Estados Unidos ganó la Guerra Fría, pero en este presente de cambios en torbellino padece, más que disfruta, su condición de única potencia militar mundial (…). No son las armas la respuesta en el mundo multipolar, sino la habilidad para colocar capitales, ganar mercados y dominar con otro estilo, en guerras que no dejarán muertos sino grandes espacios económicos que pasarán de mano en mano". Ahora, los ataques contra la poliédrica deuda soberana europea van cobrándose víctimas: Irlanda, Portugal, Grecia, Italia, puede que irremisiblemente España. Cuando España parecía estar tocada de muerte (mayo del año pasado: entrega de la primera cuchara por parte de Zapatero a Merkel-Sarkozy, el FMI y el BCE), la prima de riesgo de España era igual o menor que la que ostentan hoy todos los países de la UE menos Alemania y Holanda (bueno, y Luxemburgo y Estonia). O sea, que la manada de ñúes va cayendo como los diez negritos de Agatha Christie: el objetivo es el euro. ¿Quiénes son los actores financieros con mayor poder, que atacan al euro en una envolvente de blitzkriegs fulgurantes? No son europeos, precisamente. Bueno, algunos sí: en la City de Londres (¿es eso Europa?) trabajan 600.000 personas en finanzas puras y duras. El resto de los agentes y decisores están concentrados en Wall Street. Occidente está en decadencia, eso resulta evidente: Estados Unidos no ve rebajada su calificación crediticia aún más porque las agencias de rating son de allí mismo (permitan la simplificación); la Europa comunitaria es una jaula de grillos donde las puñaladas traperas emergen y los herodes que se lavan las manos también. Las dos monedas de los colosos en decadencia se pelean cual titanes demacrados.

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