La ciudad y los días

Carlos Colón

El vino es cultura

AL igual que sucede con la verdad, que lo es dígala Agamenón o su porquero, una imbecilidad es una imbecilidad dígala la prestigiosa revista The Lancet o un sin papeles científico. Es el caso del ya famoso artículo en el que se afirma que el alcohol es una droga más peligrosa que la heroína, el crack y la metanfetamina. Aunque los autores reconocen que estas sustancias causan mayores estragos físicos y mentales en los individuos, sostienen que el alcohol es más peligroso y nocivo porque su uso está más extendido. Con lo que lo cuantitativo se pone por encima de lo cualitativo. Pocas veces he visto un uso más loco de la estadística y un mayor distanciamiento entre ciencia, realidad y vida.

Con estas cosas no deberían jugar los científicos que se han autoerigido en los inquisidores de la sociedad políticamente correcta, sanitariamente obsesa y crédulamente imbécil. Cualquiera que no esté fanatizado por estos tres males sabe que, aunque la extensión del daño social provocado por el alcohol es cuantitativamente mayor, sus efectos sobre el individuo -que al final es lo que cuenta- no pueden compararse seriamente. Salvo que se tenga una sensibilidad estadística, como los señores del artículo de marras, y horrorice más ver a un hijo tomarse una copa de rioja que consumir heroína o crack.

Ha generado y genera tanta muerte y desdicha el consumo de estas y otras drogas que resulta inmoral tomarse tan "científicamente" a la ligera estas cosas.

Es una obviedad decirlo, pero así están cosas: lo que diferencia al alcohol de las drogas duras es que su consumo moderado, es decir racional y educado, no es dañino ni genera dependencia; mientras que el consumo de crack, heroína o cocaína hace daño por moderado que sea (cosa por otra parte incontrolable, ya que crean una rápida y fuerte dependencia). Quien disfruta de una copita de manzanilla antes de comer no pone en peligro su vida, su patrimonio o el bienestar de los suyos. Como tampoco lo hacen las familias que se toman una cerveza o un tinto en el almuerzo. Seamos sensatos. Quien consume heroína o cocaína es un drogadicto. Quien sabe beber no es un alcohólico. Esta es la importantísima diferencia.

El problema, como sucede con todo, es educativo. Los jóvenes no saben beber. Esto afecta a lo que beben y a la cantidad en que lo hacen. Lo habitual es que beban mal y mucho. Son consumidores compulsivos de alcohol, no buenos bebedores. La renuncia a la educación, en el sentido fuerte e integral de la palabra, conduce a esta sociedad desquiciada que se debate entre los extremos del prohibicionismo y el exceso.

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