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La ciudad y los días

Carlos Colón

La violencia quita razones

El derecho a la huelga del taxi no incluye impedir a los ciudadanos usar sus vehículos o el transporte público

La más justa de las causas queda irreparablemente dañada cuando recurre a la violencia vulnerando las leyes y las normas básicas de convivencia. La protesta de los taxistas -una cuestión compleja y matizable en la que cada parte tiene sus razones- ha excedido todo límite. No sólo por la violencia física ejercida contra coches, conductores y hasta clientes de las VTC, sino por la ejercida contra todos los ciudadanos al cortar durante varios días las calles más importantes de muchas ciudades españolas. Tienen derecho a la huelga, pero no a impedir que los ciudadanos se desplacen en sus propios vehículos o utilizando el transporte público. Una manifestación autorizada ocupa la vía pública dando a las autoridades la posibilidad de ofrecer alternativas al tráfico, pero es intolerable que cientos de coches se salten las leyes a la torera para convertirse en barricadas que impiden la circulación de cualquier vehículo.

Toda huelga causa molestias a los usuarios, que son utilizados como rehenes cuando se trata de servicios esenciales como la limpieza, la sanidad o el transporte. Pero la actitud de los taxistas no sólo perjudica a sus usuarios sino a todos los ciudadanos. A lo que se suma, de no hallarse remedio, la amenaza de colapsar durante el mes vacacional por excelencia -y téngase en cuenta lo que el turismo representa en la economía de este país- estaciones de ferrocarril, aeropuertos y todos los nudos de comunicación que permitan la entrada y salida de las ciudades o del país. Esto deslegitima su protesta. Taxis y VTC están condenados a convivir y la Administración -que desde hace años demuestra una notable incompetencia en esta materia- está obligada a crear el marco legal que lo haga posible.

Para bien o para mal hay realidades que llegan para quedarse por mucho daño que causen en determinados colectivos. El fonógrafo, la radio y el cine sonoro acabaron con la música en directo en la vida cotidiana -cines, bares, hoteles, restaurantes, salas de fiesta, teatros de revista o de zarzuela- motivando una serie de huelgas -también en España cuando el sonoro se impuso- que no pudieron impedir que la tecnología ganara. Ni tan siquiera la poderosa Federación de Músicos Americanos, que prolongó sus huelgas hasta 1948, lo logró. La única salida para atenuar los daños fue la negociación. Lo mismo sucede con el conflicto del taxi.

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