la ciudad y los días

Carlos Colón

El virus de la violencia

TODOS hemos visto cómo en un túnel de la M-30 de Madrid un coche era perseguido y embestido por otros dos hasta que le obligaron a pararse. Se bajaron entonces los agresores, golpearon el coche hasta romperle los cristales y obligaron a sus ocupantes a bajarse para ensañarse con ellos a patadas, puñetazos y puñaladas. Mientras tanto los otros conductores esquivaban los tres coches parados y la pelea para seguir su camino.

No se les puede reprochar: si pararse para intervenir en una trifulca de esas características -que suele ser un ajuste de cuentas entre pandilleros- es siempre peligroso, hacerlo en un túnel con gran densidad de tráfico agrava el peligro. Lo más terrorífico es que no se trataba de una persecución motivada por alguna cuestión grave o de una pelea entre delincuentes. Todo se debía a un leve incidente de tráfico: los agredidos habían reprochado a sus agresores una maniobra peligrosa.

Ahora le ha tocado a Sevilla. Un taxista adelanta a un turismo en la glorieta situada en la intersección de la avenida de Hytasa con la ronda del Tamarguillo. El coche persigue al taxi embistiéndole y golpeándole por detrás. Cuando se paran el joven conductor se dirige hacia la puerta delantera del taxi y se lía a puñetazos con el taxista. No contento con su hazaña vuelve a su coche, coge el gato y se dedica a romper los cristales del taxi. Cuando iba a golpear al taxista llegó la Policía.

Hace ya unos cuantos años presencié un leve incidente de tráfico, apenas un roce, en el Paseo de Colón. Uno de los conductores se bajó dando alaridos y empezó a golpear al otro coche con una llave inglesa.

Pensé que nos estábamos volviendo locos. Años e incidentes parecidos después, a la vista de las imágenes del túnel de la M-30, del juicio madrileño y del incidente sevillano, creo que aquel virus cuya manifestación vi por primera vez en el Paseo de Colón se ha convertido en una peligrosa epidemia. En la mayoría de los casos se trata de delincuentes reincidentes que por muchas detenciones y condenas que tengan son puestos en la calle sin que, evidentemente, se hayan reinsertado. Gentes violentas y agresivas que nada tienen que perder y menos que temer.

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