La tribuna

Juan José Asenjo Pelegrina

Para vivir el Jueves Santo

HOY es Jueves Santo. Hoy de manera especial recordamos y celebramos la Cena del Señor. En un día como hoy, en la víspera de su Pasión, nuestro Señor Jesucristo dejó a los Apóstoles el testamento de su amor. Les dejó además su cuerpo entregado y su sangre derramada como sacrificio para el perdón de los pecados de todos los hombres.

Era la fiesta de la Pascua judía. La primera luna llena de primavera iluminaba aquella noche, como la iluminará también hoy. Y Jesús se reunió como de costumbre con sus apóstoles para celebrar la Pascua comiendo el cordero pascual. Toda la vida de Jesús caminaba hacia este momento culminante, como Él mismo sugiere: "He deseado ardientemente celebrar esta Pascua con vosotros antes de padecer." (Lc 22,15), les dice al comienzo de la reunión. Y en el transcurso de esa cena religiosa, cargada de significado para el pueblo judío, pues en ella recordaba su salida de Egipto, Jesús anticipó su entrega quedándose en la Eucaristía.

En el día de Jueves Santo Jesús instituye este sacramento, que a lo largo de dos mil años la Iglesia no ha cesado de celebrar por todo el orbe de la tierra. Instituye además el sacerdocio. Sin sacerdotes no hay Eucaristía. Por ello, hoy debemos pedir al Señor que no nos falten nunca sacerdotes que puedan celebrar este admirable sacramento.

En ella nos encontramos con Jesús, vivo, glorioso y resucitado. En ella está real y verdaderamente presente, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, cumpliendo su promesa de quedarse "con nosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). En ella, se nos hace cercano, amigo y compañero de camino. La liturgia de esta tarde subraya esta presencia, colocando al final de la Misa el pan consagrado en el Monumento. Acudamos a visitarlo, agradeciendo a Jesucristo su presencia permanente en nuestros templos.

En la Eucaristía Jesús prolonga su ofrenda y su sacrificio en la cruz. Él es el verdadero cordero inmolado en la Pascua. Por su sangre derramada perdona nuestros pecados. En su entrega descubrimos el rostro de un Dios, que es Padre bueno, que nos ama y nos busca siempre.

Jesús acepta obediente la muerte por amor al Padre y a los hombres. Se hace solidario de la suerte de todos los hombres, alejados de Dios por el pecado. La Eucaristía repite cada día en el altar esa ofrenda de amor, que ha cambiado el curso de la historia. Ante el pecado de la humanidad, Jesús responde al Padre con un amor más grande y, así nos presta su mejor servicio: nos reconcilia con Dios y entre nosotros. Al participar en la Eucaristía, el Espíritu Santo va haciendo de nuestra vida una ofrenda de amor al Padre y de servicio a los hombres, al estilo de Jesús.

Con la Eucaristía Él nos deja el mandamiento nuevo: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos" (Jn 13,34-35). Participar en la Eucaristía es participar del amor de Jesús por la humanidad, que nosotros debemos reproducir en nuestras vidas como señal de nuestra condición de cristianos. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). El cristiano llega a su plenitud cuando llega a darse totalmente. Jesús, que se nos entrega en este sacramento, por medio de su Espíritu introduce en nuestros corazones su propio amor, para que nuestra vida se convierta en donación y entrega.

El amor de Cristo nos urge a salir al encuentro de nuestros hermanos. El amor fraterno, que Jesús vive y después nos enseña lavando los pies a los Apóstoles, sólo se ejerce bajándose de la propia cabalgadura, como el buen samaritano, para recoger al hermano que sufre. Para salvarnos, Jesús hubo de abajarse hasta la suprema humillación y despojamiento, hasta la muerte de cruz. Este es también el camino de sus discípulos. No amaremos a los hermanos si nos acercamos a ellos desde nuestra superioridad o si compartimos con ellos sólo lo que nos sobra. Cuando el amor no duele, es pura hipocresía. El amor cristiano, el amor de Cristo en nosotros, debe impulsarnos a compartir la suerte de los pobres y los desheredados, a ponernos de su parte y en su lugar, a caminar como Cristo por el sendero de la humillación y el despojamiento, para, como Él, enriquecer a los demás "con nuestra pobreza" (2 Cor 8,9).

Hoy es Jueves Santo, día del amor entregado de Cristo. Que en la Eucaristía de esta tarde y en la adoración silenciosa del Señor en el Monumento, le agradezcamos su presencia entre nosotros y que nuestro encuentro con Él nos ayude a servirle en los hermanos, porque también en ellos ha querido quedarse cuando nos dice: "lo que hagáis con estos mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis" (Mt 25,40).

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