La ciudad y los días

Carlos Colón

El voto del Rosario

PORQUE desde hoy un rosario de cultos une, como si las parroquias y capillas fueran cuentas ensartadas en el hilo de oro de la historia y la devoción de la ciudad, a Santa Catalina con Santa Ana, los Humeros con el Polígono de San Pablo, San Julián con San Vicente, la capillita de la plaza de los Carros con el Dos de Mayo, la Magdalena con el Barrio León (díganme quienes creen que estas cosas son antiguallas de rancios del centro si no cabe toda Sevilla, la del centro, la de los barrios históricos y la de las nuevas barriadas, en una devoción). Porque desde hoy, fiesta grande del Santo Rosario, hasta el domingo estará en besamanos la Virgen del Rosario de la Hermandad de la Macarena y desde el 18 -el número más macareno- se celebrará su triduo, quiero recordar ese corazón de barrio de San Gil que late en la Basílica de la Resolana.

La Virgen del Rosario es como el voto de pertenencia a barrio de la grande y poderosa hermandad de la Macarena. Cuando se fusionaron, la de gloria le impuso sus condiciones a la de penitencia. Por eso tiene el Rosario su prioste y su mayordomo. Por eso la Hermandad celebra su Función Principal de Instituto en el mes del Rosario. Pero la condición más importante que le impuso fue ser siempre de barrio, por mucho que la crecida de su gloria y de su fama desbordara las murallas, la calle Feria y hasta la propia ciudad de Sevilla.

Por universal que sea la Macarena, el Rosario le da velá en los Perdigones; colchas, mantones y manteles en los balcones; procesión de paso de gloria con alta peana, ráfaga y manto en cascada; realeza de cetro y ternura de Niño dormido sobre el hombro de su Madre; devoción de madres y de abuelas, de suspiros y jaculatorias, de estampa bajo el cristal de la mesa camilla o de la mesita de noche; bando recorriendo las calles del barrio…

Esa Sevilla de barrio que la Esperanza resucitó entre modernos bloques de pisos cuando fue al Olímpico como si fuera la Virgen de Gloria que lleva dentro y se le escapa por la sonrisa de su boca entreabierta, y los vecinos la recibieron con colgaduras en las ventanas y alzando en sus balcones altares macarenos que emocionaban hasta las lágrimas a la vez que alegraban -¿habrá algo más macareno?- por su cariñosa y sincera modestia. Reafirmándonos en que si hay algo que hace la grandeza de la Macarena, además del Señor de la Sentencia y la Esperanza, son los anónimos macarenos que le dan más esplendor del que le dio Ojeda. De ellos, de los más suyos, de los que crecieron en esas calles y de los que hoy viven en ellas es la Virgen del Rosario, voto de barrio de la universal Hermandad de la Macarena.

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