La no Semana Santa que toca vivir dejará estampas para las hemerotecas. Decir no Semana Santa es una provocación, pero también la reafirmación de una realidad social: la Semana Santa, en Sevilla, sólo se entiende con procesiones. Por eso tanta gaita en las redes sociales y en los medios de comunicación. Porque las procesiones, como evento festivo religioso, son la manera en la que se materializa la Semana Santa.

¿A qué tanto, ahora, renunciar a lo se ha mamado durante siglos? Hacer como si no pasara nada constituiría una traición a lo que verdaderamente somos. En relación a esto, en lugar de abrir la ventanilla de expedición de carnés de sevillanía y su posterior convalidación por la pertinente autoridad, sería más productivo enfocar esta situación desde otra perspectiva.

Es probable que alguna televisión local esté rozando la charlotada hiperbólica, con grabaciones de lo que podría haber sido y no es, pero no es menos cierto que es necesario tener mucho aplomo periodístico para aguantar en antena más de cinco horas diarias sin contar nada. Todos los días la misma noticia: la nada.

Que no hay procesiones, o sea, nada que no se supiera. Y al mismo tiempo conseguir dos efectos positivos: el primero, fidelizar, aún más si cabe, al público asiduo a este tipo de contenidos, empatizando con la tristeza de quienes ven herida su identidad, construida sobre un rol cofradiero. Y más todavía, el segundo efecto: mantener el negocio.

Más de cinco horas de anuncios con una cuota de pantalla increíble para cualquier experto en marketing. La retransmisión de la no Semana Santa se mantiene fuerte. Sólo basta poner la televisión. Anuncios sin parar. Es probable que, de haberse celebrado con procesiones, los ingresos hubieran sido mayores, pero el arrojo, la imaginación y el saber hacer, en este caso, tienen recompensa. La de unos anunciantes fieles que se aprovechan de unas cuotas de pantalla que valen su precio en oro.

Todo lo demás puede ser palabrería y formalismo. La realidad sería triple: que si no hay procesiones, no hay Semana Santa, al menos, como se entiende en Sevilla; que hay muchas personas pasando un mal trago ante esta cancelación y que lo viven como una pérdida; y que la retransmisión de la no Semana Santa sale rentable. Lo veremos en la cuenta de resultados. 

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