Gobernar es hacer, afirmaba el delegado de Hábitat Urbano, Cultura y Turismo hace unos días en este periódico. Tiene razón, pero le falta un matiz: gobernar es hacer con criterio. El Plan8 de impacto turístico ilustra la lógica detrás de los gobernantes actuales de Sevilla que, en mi opinión, tiene graves carencias.Las formas son siempre importantes en todos los aspectos. En política también, y cada vez es preciso cuidarlas más. El Plan8 se ha pensado por los principales empresarios de la ciudad, a los que el Consistorio considera los mayores expertos. Eso marca las propuestas que se recogen, como la privatización del bus del aeropuerto, o la comprensión de la sostenibilidad turística de forma superficial: facilitando que nos visiten en coche y, como eso contamina, el Ayuntamiento debe plantar más árboles.

La mención que hizo Antonio Muñoz sobre la participación de la sociedad civil en el Plan8 es sorprendente. Según el delegado, este proceso ha sido un éxito rotundo, incluyendo desde la Iglesia hasta el Ejército. Ya me dirán qué tiene que ver el Ejército con el turismo. Pero el problema no está ahí, sino en la falta de consulta a las personas con inquietudes relativas al turismo, como los residentes del centro histórico o Triana, especialmente aquellos con viviendas turísticas en sus fincas.

El Ayuntamiento justifica la participación en un buzón, donde han recibido 300 sugerencias de 200 personas, en una ciudad que ronda los 700.000 habitantes. La idea del buzón tendría un pase en 1995, no en 2020. Si se hubiese querido escuchar la opinión de la ciudadanía sobre el turismo, se habría hecho. Por cierto, también se podría haber escuchado a esa parte de la Universidad que viene advirtiendo de las externalidades del turismo urbano. ¿Por qué no ha ocurrido? Imaginamos que esto habría supuesto tocar un tema tabú para el Ayuntamiento: el turismo no es siempre positivo.

Aquí está el quid de la cuestión. El turismo se asocia con la modernización. El turismo ha ayudado enormemente al desarrollo económico del país en general, y de Sevilla en particular. Esto es innegable. Sin embargo, en los últimos años, conforme se rompía el récord mundial de viajeros internacionales, el turismo ha provocado asimetrías sociales y económicas, sobre todo en barrios centrales de la ciudad. Los impactos del turismo se dejan ver en la banalización de los paisajes, la pérdida de comercio tradicional, la reducción del espacio público o los precios de venta y alquiler de viviendas.

Es hora de comenzar a cuestionar una actividad que, por mucho que haya aportado y lo pueda seguir haciendo en el futuro, no es perfecta. 

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