Inmaculada Malasaña

A quien corresponda, una cuestión de educación

Soy una maestra, una simple maestra. De un pueblo, pero no un simple pueblo. De Alcalá de Guadaíra. Y de un centro de adultos, pero no de simples adultos. De unos adultos que han llegado aquí después de toda una vida de penas y alegrías, de esfuerzos, muchos esfuerzos, de crianza de hijos, de duros trabajos de sol a sol y de madrugadas, de pérdidas y carencias, y que llegados a un momento en sus vidas decidieron aprender, al menos intentarlo, todo aquello que no habían podido a lo largo de su infancia y juventud porque otras tareas les reclamaban. Yo he llegado a este colegio de adultos (Ceper Diamantino García Acosta) este año, y no esperaba todo lo que iba a aprender de ellos y el amor tan inmenso que iba a recibir. Es por ellos/as que después de seis meses me decido a escribir estas palabras que espero que ahora sí obtengan una respuesta.

Desde que llegué a este centro en septiembre, con el inicio de curso, me encontré con un centro viejo y en condiciones pésimas de habitabilidad: suelos irregulares, paredes agrietadas, ventanas de madera desencajadas, persianas rotas, techos agrietados por los que se cuela el agua, baños sin tapas, aires acondicionados de frío-calor que no funcionan, puertas de acceso de hierro desvencijadas y con cerraduras oxidadas, entrada al centro con albero que al llover se convierte en charcos insalvables (sobre todo para algunos alumnos y alumnas que llegan aquí con andadores), acceso por la puerta trasera sin luz (con lo que en invierno hay que salir casi a tientas), el acceso trasero, sobre todo, está lleno de heces de perros que nadie recoge…

Como verán, todo son obstáculos continuos para acabar con las ganas de aprender, y ni aun así. A esto vamos a sumar las condiciones de trabajo a que estamos sometidos tres maestras, un maestro y un guardia mantenedor. Estas últimas semanas (y según me han contado, esto lleva pasando varios años) hemos tenido ratas y ratones. La dirección del centro ha presentado escrito tras escrito, hemos perdido la cuenta y sólo recibimos de vez en cuando una llamada: “Ya iremos”, “no nos corresponde a nosotros”, “le corresponde a la Delegación de Educación”.

Ya no sabemos realmente a quién corresponde, es un ir y venir continuo, parece que esperan que nos cansemos. Es en este momento en el que yo, como jefa de estudios del centro, avalada por la dirección del mismo, expongo aquí mi queja. Simplemente, no hay derecho. Piénsenlo. Tenemos matriculados 345 alumnos/as: chicos adultos que no han podido o no han tenido la oportunidad antes de obtener el título de la ESO, adultos de la tercera edad con muchas ganas de aprender y que ven que nadie les hace caso. Desgraciadamente, no estamos ya en época de elecciones, no interesa un puñado de votos. 

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