Desde aquí hago un llamamiento a la responsabilidad. La pandemia obligó a cerrar los centros educativos a mediados de marzo y no hubo más remedio que abordar el tercer trimestre del curso 2019-20 con recursos digitales; la docencia on line procuró compensar la ausencia de lo presencial. Ciertamente, el esfuerzo de profesores, alumnos y padres de éstos ha sido grande. Terminando el mes de agosto, donde razonablemente se ha podido disfrutar del verano no obviando todas las medidas de seguridad, uno se plantea que volver a las aulas es necesario. Conformarse con una labor telemática es algo incompleto porque falta el encuentro humano entre el maestro y el alumno.

Cuando empezó la desescalada, muchos lucharon por que la hostelería abriera sus puertas. Nos acordamos de las medidas estrictas al principio; a mediados de junio bares, restaurantes y terrazas estaban animados. Sabemos que desde varios sectores se alentó a que los ciudadanos recuperasen su tranquilidad en espacios abiertos. Es una evidencia que a la hostelería se le ha dado todo tipo de facilidades. Por el contrario, el mundo educativo se tropieza con trabas. La primera es que el Gobierno y la sociedad en su conjunto no priorizan este asunto, quizá porque no se ve con la distensión y la rentabilidad de la hostelería.

Yo reafirmo mi convicción de que la escuela, el instituto y la facultad son el espacio insustituible para la formación humana y profesional de un individuo. Y con la misma seriedad que lo veo lo reivindico. Más allá de los conocimientos y la teoría, que pueden impartirse a través de un ordenador o un teléfono, es necesario inculcar normas, actitudes y disciplinas dentro de un aula en un tú a tú de respeto y constancia. Y si ahora hay que ser más austero y más prudente en el ocio, que todo sea por un grato regreso a las aulas y una saludable reanudación de una vida escolar y académica. 

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