Gibraltar y la falta de sentido de Estado

Los políticos han jugado a la ceremonia de la confusión en un tema tan complejo y sensible como es el de Gibraltar

L OS políticos españoles sufren una preocupante falta de sentido de Estado que se manifiesta cuando hay que alcanzar acuerdos importantes, bien sea un pacto por la Educación -algo que pese a su importancia todavía no han sido capaces de forjar- bien para la lucha antiterrorista o la financiación territorial. No siempre fue así. Si España consiguió hacer la transición de una dictadura a una democracia de forma pacífica y aprobar una Constitución que sigue en vigor cuarenta años después, se debió a que hubo una generación de servidores públicos y representantes de los ciudadanos que supieron dejar atrás sus diferencias políticas para construir un marco de convivencia que a todos beneficiaba. Pero eso ya es historia. La crisis de la clase política no sólo se revela en la mediocre formación intelectual de muchos de sus miembros, sino también en su más absoluta incapacidad para alcanzar acuerdos y pensar en el bien del conjunto de la sociedad y de su plasmación político-administrativa, que es lo que llamamos Estado. Para pactar no sólo hace falta generosidad, sino inteligencia, tanto abstracta como emocional, algo que parece que no abunda actualmente en las cámaras de representantes.

Lo dicho se ha vuelto a comprobar en estos días con la polémica del Brexit y Gibraltar. No nos pararemos ahora a analizar el famoso artículo 184 del Acuerdo y Declaración Política sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Tanto ayer como hoy, en estas páginas se recogen sendos artículos de dos catedráticos de Derecho Internacional Público que coinciden en afirmar que, en general, España ha conseguido salvar la cara a última hora en un asunto que tantas susceptibilidades levanta. Lo que nos interesa es la actitud mediocre de los partidos, que han aprovechado un asunto de Estado como es el de Gibraltar para hacer política en el sentido más bajo del término. A esto se le une la ceremonia de la confusión creada por todos para que los ciudadanos no supiésemos exactamente de qué estábamos hablando. Lo que unas formaciones vendían como un gran triunfo de España, otras lo presentaban como una derrota sin precedentes. Sin embargo, según los especialistas, estamos ante una realidad mucho más matizada. Evidentemente, el olor a elecciones -tanto las inminentes en Andalucía como las que se van a celebrar en 2019- ha hecho que unos y otros hayan pensado, una vez más, en sus intereses particulares antes que en el del Estado al que deberían servir.

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