Una decisión dolorosa, pero necesaria

La suspensión de la Semana Santa es un duro revés emocional y económico, pero los sevillanos estaremos a la altura

El Ayuntamiento, la Diócesis y el Consejo de Hermandades y Cofradías han decidido conjuntamente suspender los desfiles procesionales de la Semana Santa de Sevilla ante la pandemia de coronavirus. Es una decisión sin precedentes -la suspensión de 1933 fue de naturaleza muy distinta- que, si bien es sumamente dolorosa para los sevillanos y perniciosa para su economía, está completamente justificada ante la excepcionalidad de la crisis que vivimos. La suspensión es una consecuencia inevitable del estado de alarma decretado este sábado por el Gobierno y de las recomendaciones en este sentido de la Conferencia Episcopal. Nadie, empezando por los propios sevillanos, hubiese entendido que en unos momentos en los que el mundo, y muy especialmente Europa y España, está luchando sin descanso contra la amenaza del Covid-19, en nuestra ciudad se hubiesen celebrado unas procesiones y cultos que podrían haber sido focos de propagación de la enfermedad. No suspender hubiese dado una imagen frívola, banal e insolidaria de nuestra Semana Santa, justo lo contrario de su verdadero espíritu hondo, popular y cristiano, que va mucho más allá del folclorismo que algunos sólo ven. Esto no significa que no seamos conscientes del importante daño económico que producirá la suspensión de las procesiones. En una economía como la sevillana, cada vez más dependiente del turismo, el impacto de la medida va a ser devastador. No nos referimos sólo a las grandes cadenas hoteleras o de restauración, sino a los centenares de pequeños negocios y a los miles de trabajadores autónomos para los que estas fechas son fundamentales en sus balances anuales. En este sentido, hay que exigir a las administraciones que dispongan las medidas necesarias para amortiguar en lo posible el impacto de la suspensión. De lo contrario se puede generar una crisis social similar a la de 2008. La suspensión, a qué negarlo, es un duro revés emocional y económico para la ciudad. Pero los sevillanos sabremos estar a la altura del reto que nos ha tocado vivir.

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