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Tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Catedrático de Historia Moderna de la UCA

Amnesia

La experiencia personal y universal de la fragilidad humana se olvida hoy, contradictoriamente, cuando se aborda desde la colectividad

Amnesia Amnesia

Amnesia / rosell

A medida que se van cumpliendo años, te percatas de la brevedad de la vida, de cómo se pasa el tiempo, y si no eres un insensato, de que te acercas a la recta final, que antes veías lejana. El encanto de la juventud, según escribiera Erasmo, es fruto de la necedad, la ignorancia y la falta de experiencia, al pensar que vas a vivir eternamente y que el mundo es tuyo. En contraposición, la vejez (la eufemísticamente llamada Tercera Edad) es tiempo de hacer balance, de medir tus ya menguadas posibilidades. Y vivir esta etapa con sensatez, no exenta de cierto estoicismo y resignación, pero también con esperanza.

Sin embargo, esta experiencia personal y universal de la fragilidad humana se olvida hoy, contradictoriamente, cuando se aborda desde la colectividad. Es entonces cuando, a falta de un sentido trascendente de la vida, de un agarradero en Dios, que la sociedad moderna ha arrumbado, convergen las expectativas en una confianza prácticamente exclusiva en la capacidad del hombre para resolver los problemas, incluidos los más agudos, a través de la ciencia y la técnica. Se tienen bien ganado, qué duda cabe, este reconocimiento. Por su medio hemos salido de situaciones, antaño irreversibles o de grave precariedad y sufrimiento. Ahí están los progresos en Medicina, comunicaciones o inteligencia artificial, donde se han conseguido logros impensables hasta no hace mucho.

Pero, en medio de nuestras sociedades desarrolladas surgen periódicamente, como ha sido toda la vida, fenómenos naturales que deberían conducirnos a resituarnos de forma acorde con nuestro verdadero poder, como ya hicieran los antepasados. Porque son tales acontecimientos los que rebajan al hombre autosuficiente, aunque sea de forma temporal, a su justa dimensión, recordándole su fragilidad, presente en nosotros desde los orígenes de la Humanidad. Y que, por tanto, no nos permite sacar mucho pecho.

Casualmente, cuando esto escribo, han saltado todas las alarmas sobre los peligros de la pandemia del Coronavirus. Una corriente de temor y desasosiego se ha esparcido por todo el mundo. Nuestra sociedad hipertecnificada ha mordido el polvo, al verse globalmente afectada por un simple microrganismo, pero con capacidad para ponerlo todo en vilo. La misma sensación que habíamos percibido ya antes, cuando la responsabilidad correspondió a una pertinaz sequía, una lluvia descontrolada, un fuerte huracán o un temblor de tierra. Caos, impotencia, miedo y muerte son los efectos habituales de este tipo de fenómenos, a veces inesperados. Por cierto, parecidos a los que, salvando distancias, se experimentaron en los momentos álgidos de las acciones terroristas, unidos a la dificultad para entender ese mal tan irracional que anida a veces en el corazón y el cerebro del ser humano.

Una conjunción de estos factores naturales con carácter global pondría sin duda a prueba seriamente nuestra capacidad de dominio y de control. Varias películas vienen tratando abiertamente este asunto, con mayor o menor fantasía, permitiendo un resurgir del género apocalíptico. El que tantos productores se hayan adentrado en él, pone de manifiesto la sensibilización de un público numeroso, tras la experiencia de varios eventos catastróficos de ese tipo en las últimas décadas. Tal vez, sin pretenderlo, estén dando a través de sus producciones voz a los relatos bíblicos sobre el final de los tiempos.

En una era en que nos permitimos colectiva y deportivamente prescindir de Dios y de la trascendencia, se presentan ante nuestros ojos estos fenómenos de siempre, relacionados con procesos geológicos, atmosféricos o biológicos, que ahora se ceban en nosotros de manera insistente y cada vez más virulenta. Es como si el Sumo Hacedor, llegados a un punto álgido, hubiera decidido dejar que la Naturaleza actúe con más contundencia para darnos a manera de avisos, reiterativos y de intensidad cada vez mayor, a fin de que reaccionemos cuando todavía es tiempo. Y, de esta forma, lleguemos a poner fin a esa rivalidad singular del hombre con su Creador por disputarle el fuego inextinguible, la llave de la ciencia o del conocimiento del bien y del mal, asumiendo nuestro verdadero estatus de criaturas. Ciertamente, a la vista de cómo discurren los acontecimientos, no parece que nos hayamos percatado todavía del reto, y la actual pandemia ha vuelto a demostrárnoslo, sin que sepamos aún cuál será el siguiente episodio. Mientras tanto, parecemos empecinados en una tozuda persistencia en la actitud de apoyarnos exclusivamente en nuestras propias fuerzas, lo único, probablemente, que, a estas alturas, aceptamos y somos capaces de hacer. Y, de manera paradójica, no son pocos los creyentes que han caído también en esta trampa saducea. Todo para que se reavive de nuevo el recuerdo del viejo texto del Apocalipsis y sus preliminares.

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