Tribuna

salvador moreno peralta

Covid y la esclavitud del tópico

Si no le debemos algún tipo de pleitesía al partido que gobierna podemos pensar libremente que su actuación ha sido la peor de las imaginables, siempre que reconozcamos al mismo tiempo que el escenario también lo era: una tragedia sanitaria y económica que ha puesto a prueba a la sociedad española y al espejismo de su bienestar, fundado en la fragilidad de su modelo político, territorial y productivo. Criticar al ejecutivo y a la clase política es algo ya tan inocuo como intentar expiar los pecados del mundo con una penitencia individual, azotándonos con un cilicio. Al final lo que socava esta crítica son las espaldas de nuestra propia moral de forma que, dentro del esfuerzo titánico que va a suponer remontar la crisis insondable, no será menor el de superar la colectiva depresión noventayochista que empieza a embargarnos, con ese dulzón sabor a derrota que tanto le gusta a nuestro tóxico sentimentalismo. En una conjura de necios de la que la propia sociedad no debe excluirse, la realidad, los atavismos nacionales y los tópicos permanentes se abren paso, devolviéndonos de la cima que insolentemente habíamos escalado al pozo del que, para mantener el orden natural de las cosas, nunca hubiéramos debido salir. Y aquí estamos de nuevo, empujados por propios y extraños, resbalando por el barranco de nuestro pesimismo histórico.

Viene esto a cuento de las demoledoras cifras de contagiados y fallecidos por el virus, cuya sistemática confrontación con la de otros países aparece de una manera recurrente en nuestros medios, y no siempre con un ánimo estrictamente informativo. La polarización a la que nos ha llevado esta inusitada coincidencia de políticos insensatos hace que la realidad no tenga un significado por sí misma, sino en tanto que arma arrojadiza contra el otro. Cuanto peores sean las cifras más daño harán a un Gobierno noqueado que, en su desbordamiento, no acierta a defenderse si no es con el torpe balbuceo, la confusión o la mentira, aceptando de hecho, sin saber rebatirla, esa especie propalada con indisimulado regodeo por influyentes oráculos de la opinión occidental de que la extensión de la pandemia en España es la consecuencia natural de nuestra condición indisciplinada y tercermundista.

Es esta una mentira y una canallada. España es un país meridional, con un clima templado y una población extrovertida proclive a la máxima sociabilidad, que se representa y se fecunda en los escenarios del espacio público. Es un país abierto y solidario, propenso al contacto físico como modo de exteriorizar la corriente de los afectos, en el que la piel no es una coraza para guardar intimidades, sino un diapasón para vibrar con las ondas del otro. Los cantos de nuestro pueblo no son los del hogar y la lumbre, sino los de las mil manifestaciones populares de los ritos de Baco, celebrando en comunidad la promiscua relación entre los humanos y los dioses. Cuando asumimos compungidos las críticas que hoy se nos están haciendo desde esos medios de comunicación y nos preguntamos en qué hemos fallado, no tenemos más que salir a la calle en cualquier lugar de nuestras costas mediterráneas o atlánticas en estos días septembrinos: aquí, más que en ningún otro lugar, se ve lo que de antinatural tiene la escrupulosa distancia, la asfixiante mascarilla y demás medidas preventivas, especialmente refractarias al modo de vida con que se expresa una cultura ancestral. Y es este modo de vida recostado sobre una geografía, una población y una historia lo que ya perseguían los ricos anglosajones y centroeuropeos del siglo XIX, y que sus tataranietos consolidaron hoy en miles de negocios y segundas residencias. Es inaudito que, desde los países emisores del turismo internacional se nos critique por lo que somos, que es precisamente lo que se buscaba, revelando, a fin de cuentas, la turbia componente neocolonial que siempre ha tenido un sector en el que, de una manera imprudente, se ha basado en exceso nuestra economía.

Nada más alejadas del negacionismo que estas líneas: lo que queremos decir es que, ante esa desdeñosa opinión que inducen los comentarios de la prensa extranjera, basta moverse un poco por nuestra geografía para comprobar que somos un país mucho más disciplinado que como se nos quiere hacer ver y nosotros mismos alentamos. Confinarse en la nevada Estocolmo siempre será más fácil que en la luminosa Alicante, Cádiz o Málaga, pero en estas ciudades tiene mucho más mérito guardar la disciplina. Claro que siempre será más noticiable un 2% de majaderos infractores que un 98% de cumplidores. Pero darle publicidad a las excepciones contribuye a un fin especialmente perverso en las actuales circunstancias: hacernos creer que la pavorosa incapacidad de nuestros políticos es un problema imputable a una deformación natural de nuestro ADN, y no al error puramente circunstancial de haberlos elegido.

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