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Tribuna

Aquilino duque

Escritor

Mi Gran Caribe

En las bajas esferas de la madre patria nos acometió un acceso de patriotismo hispánico -por lo menos a mí- y acudimos en masa a loar el triunfo de David frente a Goliat

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Mi Gran Caribe

En enero de 1959 estaba yo en Milán, en vísperas de la boda de Fernando Quiñones, cuando llegó la noticia de la entrada de los barbudos en La Habana. No sé si fue entonces o pocas semanas después, de vuelta ya en Alemania, donde entonces residía, que cayó en mis manos un ejemplar de la revista habanera Bohemia con una impresionante información gráfica del implacable castigo que los vencedores infligieron a los vencidos. Entre tantos fotogramas de ejecuciones y fusilamientos, había una página en la que aparecía el embajador de España, don Pablo María de Lojendio e Irure, retratado en su despacho oficial, al que se cubría de elogios por haber acogido al asilo de la Embajada a todos los que llegaban perseguidos por la Policía de Batista.

A la fase de las ejecuciones sumarias sucedió la de las expropiaciones, las expulsiones y los discursos maratónicos del Jefe Máximo, que en el curso de uno de ellos arremetió sin venir a cuento contra el régimen de España. Al embajador le faltó tiempo para presentarse en el local en que peroraba el héroe del momento, encararse con él e interrumpir airada y enérgicamente su sarta de improperios. Este dicen que le dijo: "¿Tiene usted autorización del jefe del Gobierno para tomar la palabra?". El otro no se amilanó y el resto lo harían los servicios de seguridad, que lo sacaron del local y no tardarían mucho en acompañarlo a Rancho Boyeros, que así se llamaba entonces el aeropuerto de La Habana. Es muy posible que en él se encontrara a los dueños de la revista Bohemia, que corrió la misma suerte que el Diario de la Marina, y no sé si a los dueños del Encanto, aquellos grandes almacenes de la isla a los que tanto "gallego" acudía para hacer fortuna.

En las altas esferas de la madre patria el incidente diplomático se tomó como una rabieta infantil de "la última de las hijas que le quedaba por casar", por decirlo con palabras de Jorge Mañach, otro que también tendría que tomar las de Villadiego, y al impulsivo embajador se le destinó a Berna. La hija, ya mayor de edad, no tardaría en cambiar de pareja, y fue entonces cuando el cónyuge abandonado apoyó la aventura de la Bahía de Cochinos. En cambio, en las bajas esferas de la madre patria, a las que yo pertenecía, nos acometió un acceso de patriotismo hispánico -por lo menos a mí- y acudimos en masa a loar el triunfo de David frente a Goliat. Yo lo hice con un par de composiciones, y, gracias a una de ellas, luego he podido presumir de que Fidel Castro es el único dictador sobre el que yo haya versificado, aunque sólo fuera para hacer de sus barbas una escoba.

Mi escarlatina juvenil pasó pronto, por fortuna, y diez años más tarde ya estaba, curado, en Roma, donde por cierto coincidí un año con el embajador Lojendio, y el trato con cubanos que habían vivido la revolución en primera persona y sabían de lo que hablaban dio por resultado que yo escribiera una novela en la que a la revolución la llamaba la Gran Caraba y a sus jefes máximos el Gran Caribe y el Gran Macaco, (la Sierra Maestra se llama también o se llamó La Sierra Macaca).

Es inevitable sentir algo de simpatía por los personajes de las ficciones propias, por muy en solfa que se ponga a algunos de ellos. Además, gracias a mi "escoba con barbas", a mi Gran Caribe, he podido explicar que la dictadura no es mejor ni peor que la democracia y que del mismo modo que hay democracias buenas y malas, hay dictaduras malas y buenas y que las malas se distinguen de las buenas en que tienen buena prensa.

Dicho esto, digo también que a la hora de la muerte todos somos iguales y que un muerto merece un respeto, máxime cuando se trata de alguien que, a pesar de haber devastado y empobrecido una de las naciones más prósperas de la América española, ha sido una estrella de primera magnitud entre los fabricantes de la opinión pública de Occidente.

Otro cubano insigne hay con quien se le ha querido comparar, a mi juicio, equivocadamente, ya que de no ser tan distintos, uno no se habría alzado con el triunfo y el otro fracasado en el empeño. Hablo de José Martí, para los cubanos un patriota, para los españoles un insurrecto. José Martí murió heroicamente en combate contra los que aún eran sus compatriotas, y éstos le rindieron luego los honores prescritos en las Reales Ordenanzas.

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