Tribuna

Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Hoy es Jueves Santo

En esta tarde confesamos que la Eucaristía es el misterio de la suprema benevolencia de Cristo, que no nos deja huérfanos

Hoy es Jueves Santo Hoy es Jueves Santo

Hoy es Jueves Santo / rosell

En esta tarde de Jueves Santo reviviremos en nuestras iglesias la última Cena del Señor. Jesús celebra la Pascua judía con sus Apóstoles y, en el marco de esa cena religiosa, que recordaba al pueblo judío su salida de Egipto y el paso del Mar Rojo, Jesús nos manifiesta su amor hasta el extremo quedándose en la Eucaristía.

En esta tarde confesamos que la Eucaristía es el misterio de la suprema benevolencia de Cristo que no nos deja huérfanos, que permite cada día que el pan y el vino, por la acción del Espíritu Santo y la palabra del sacerdote, se transformen en el cuerpo y en la sangre del Señor. En ella, Dios se reviste de nuestra humanidad para ser vecino nuestro, compañero de peregrinación, apoyo de nuestra debilidad y alimento de nuestras almas.

En esta tarde redoblamos nuestra admiración ante el prodigio y damos gracias al Señor, que en el Sacramento eucarístico sigue amándonos hasta el extremo, hasta entregarnos su cuerpo y su sangre como don precioso. El misterio eucarístico supera toda lógica humana. Por ello, no es de extrañar que a muchos les cueste aceptar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. La Eucaristía es para muchos signo de contradicción, y no es para menos, porque un Dios que se hace carne y se ofrece para la vida del mundo pone en crisis la sabiduría de los hombres. En este Jueves Santo renovamos nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

En esta tarde reconocemos que ella es "la Cena que recrea y enamora", la "fuente que mana y corre", como escribiera bellamente san Juan de la Cruz, manantial de virtudes, de consuelo, de fortaleza y fidelidad. Junto a la Eucaristía, visitada, contemplada y adorada, crecerá la santidad y el celo apostólico de nuestros sacerdotes, seminaristas y consagrados. Junto al sagrario surgirán vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. En el amor a la Eucaristía florecerán las familias cristianas unidas, fieles, fecundas y evangelizadoras.

La Eucaristía es el alimento de quienes en el bautismo fuimos liberados de la esclavitud y engendrados como hijos de Dios. Es el alimento que nos sostiene en el largo éxodo de nuestra existencia aquí en la tierra. Como el maná que permite subsistir al pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto, la Eucaristía es para nosotros el alimento que nos mantiene mientras atravesamos el desierto de este mundo, un mundo secularizado en el que los cristianos podemos sentir la tentación del abatimiento o el temor por el futuro de la sociedad cristiana. Pero en la Eucaristía Jesús sale a nuestro encuentro y nos infunde seguridad: Él nos dice en esta tarde una vez más: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien come de este pan, vivirá para siempre".

La Eucaristía es el sustento y alimento, que hoy necesitamos más que nunca. Sin la Eucaristía, recibida con las debidas disposiciones, ni los sacerdotes, ni los consagrados, ni los laicos podremos vivir nuestra fe y nuestros compromisos con coherencia y valentía. Sin ella nos faltarían las fuerzas para mantener la esperanza, para afrontar las dificultades del camino, para luchar contra el mal, para no sucumbir ante los ídolos y las seducciones del mundo, para seguir al Señor con entusiasmo, ofrecerle la vida, confesarle delante de los hombres (Mt 10,32-33), servir, amar y perdonar, incluso a los enemigos.

La Eucaristía nos pone en el camino de los hermanos. En el cuerpo de Cristo entregado y en su sangre derramada tenemos la mejor escuela de fraternidad y de servicio gratuito. Junto a la Eucaristía, aprendemos a perdonar, a ponernos a los pies de los pobres para servirles, a ponernos de su parte y en su lugar, a acogerlos y ofrecerles compasión, afecto, ayuda y amor abnegado, tarea de otro modo imposible, pues como nos dijera santa Teresa de Calcuta, "si no reconocemos y adoramos a Cristo en la Eucaristía, no seremos capaces de reconocer a Cristo en los pobres", en los que también Jesús ha querido quedarse cuando nos dijo: "Lo que hagáis con estos mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis" (Mt 25,40).

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