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Tribuna

Esteban fernández-Hinojosa

Médico

Lección uno

Desde el pasado septiembre Naciones Unidas y el Banco Mundial vienen avisando de la posibilidad de una plaga así, y apelando a los gobiernos a prepararse

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Lección uno / rosell

La experiencia de las epidemias es una realidad secular de la que ha hecho acopio con gran simbolismo la literatura de todos los tiempos. Tucídides da cuenta de la plaga ateniense del siglo V a. C. en su fundamental obra Historia de la Guerra del Peloponeso; Lucrecio le dedica los mejores poemas en De rerum natura. También Boccaccio comienza Decameron con descripciones de la peste negra que asoló Florencia en el siglo XIV. En el XX, Thomas Mann o Albert Camus utilizan las plagas como alegoría del mal que azota las sociedades de su tiempo en sus obras maestras Muerte en Venecia y La Peste. En ellas hay personajes que niegan la realidad de lo mórbido como hoy se ha negado esta plaga y retrasado su cuarentena. Quizá vivamos el primer acontecimiento histórico de dimensión universal; una plaga que presenta novedades respecto de las recogidas en las obras literarias. Su verdadero poder se muestra en tiempo real y mediante imágenes reales: hospitales saturados, personal contagiado o con semblante abatido, o ciudades y aeropuertos vacíos no son productos de la imaginación. En Diario del año de la peste, Daniel Defoe ficciona sobre los horrores de la peste bubónica, en el Londres del siglo XVII, medio siglo después de haber vivido aquella experiencia en su infancia. Asimismo, más allá de simulacros posmodernos, esta representación mediática está dotada de "presencias reales": la vulnerabilidad de las instituciones políticas, económicas o sanitarias, o la misma fragilidad de siempre de la naturaleza humana.

La invisibilidad del virus hace que juntos seamos un único organismo a infectar, lo que resulta una trampa mortal que ha transformado para siempre el escenario del mundo, y ha vuelto de golpe obsoletas rutinas y formas de organización. En un mundo tan conectado los problemas de unos son los problemas de todos, y no cabe divisarlos con indiferencia. Pero la pandemia, más que una regresión a los fantasmas del pasado, puede ser un viaje iniciático que eleve nuestra condición humana en libertad individual y colectiva y colme de sentido la civilización aplicando la ley del más débil. La prioridad se centra en proteger a los ancianos, enfermos y niños en medio de un escenario que ha invertido los términos: en su vanguardia, una infantería formada por legiones de médicos y enfermeros que protegen a sus pacientes y forman piña con ellos, a costa, a veces, de su propia vida, mientras que el ejército y las fuerzas de seguridad se destinan al cuidado de la retaguardia, esa otra fuerza vital de millones de ciudadanos que, confinados en sus casas, dan testimonio de sus responsabilidades en humanidad. Una sociedad acostumbrada a la fiesta, el viaje y la algarabía, en la que muy pocas de sus generaciones han conocido la guerra, vive ahora ejemplarmente el confinamiento en solidaridad y también, de nuevo, el sacrificio económico. El muro de contención no se levanta ya con el material de la ideología o la política, sino con el depósito de compasión y cooperación de la urdimbre ciudadana. Una oleada de emocionada fraternidad inunda cada tarde los balcones de los barrios con el cerrado aplauso que los vecinos rinden a sus sanitarios.

Es una crisis inédita, sí, pero desde el pasado septiembre Naciones Unidas y el Banco Mundial vienen avisando de la posibilidad de una plaga así, y apelando a los gobiernos a prepararse. Y ya en enero la OMS alertaba de la posibilidad de esta pandemia, y los médicos, de la deficiente estructura sanitaria para atender la llegada masiva de enfermos. Sin embargo, a despecho de conocer su magnitud en Asia, nuestras autoridades alentaron la asistencia masiva a manifestaciones y restaron importancia a su amenaza. Era de esperar la bochornosa incapacidad estratégica demostrada por la élite política. En este escenario -y en otros que de parecido alcance llegarán- sólo salva la cooperación y el conocimiento compartido, la organización y las estrategias horizontales, la inteligencia colectiva y, sobre todo, apartar ideologías de toda laya, que no buscan conocer la realidad, sino ajustarla a postulados para esconder su afán de dominio. Necesitamos pensadores cualificados que capten la realidad mediante la reflexión desinteresada. De las situaciones apocalípticas se derivan lecciones morales; esperemos que el tiempo no haga mella en la memoria. La humanidad deberá echar mano de su conciencia de destino común en los desafíos de escala mundial, y no olvidar que nuestra pacífica y solidaria coexistencia es un castillo de naipes. Por ahora seguiré invocando en cada jornada las palabras de Sancho: "Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres la sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante…".

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