Tribuna

Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Meditación de Viernes Santo

Es el momento de contemplar su amor infinito, su fidelidad e identificación en la Cruz con todos nosotros y de romper con el pecado, causa última de su pasión y muerte

Meditación de Viernes Santo Meditación de Viernes Santo

Meditación de Viernes Santo / rosell

Mirad el árbol de la cruz, en que estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo". Con esta vieja aclamación, que procede de la liturgia de la Iglesia primitiva, comenzaremos esta tarde la parte central de la acción litúrgica del Viernes Santo, único día del año en el que no se celebra la Eucaristía. En el lugar de la consagración, la liturgia sitúa la veneración de la santa Cruz, que ocupa hoy el lugar del sagrario, para que sea el centro de nuestras miradas, el objeto de nuestros afectos y la destinataria de nuestro amor agradecido. Entre las grandes religiones de la humanidad no hay otro símbolo más universal, más frecuentemente repetido, pintado, esculpido, venerado y adorado.

Mirad, queridos lectores, el cuerpo de Cristo muerto lleno de heridas. Cuelga pesadamente de la Cruz, con la cabeza coronada de espinas hundida sobre el pecho. Sus labios están abiertos, exangües y sin vida. Su costado y su corazón han sido destrozados por la lanza del soldado. Sus dedos aparecen convulsivamente estirados y deformados y los pies traspasados por un enorme clavo. El Cristo real del Gólgota debió parecerse mucho a los Cristos dolientes, y ensangrentados del barroco andaluz. El profeta Isaías hace la mejor descripción de la pasión y muerte del Señor: "Desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano... Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores…" (Is 52,13; 53,2-10).

El mismo Isaías nos da la clave del drama del Calvario: el Señor muere por nosotros y por nuestros pecados. Él es el verdadero cordero inmolado en la Pascua que quita el pecado del mundo. Igual que en la fiesta de la expiación el Sumo Sacerdote judío sacrificaba un macho cabrío sobre el que se cargaban los pecados del pueblo y, de esta forma, una víctima sustitutoria ponía al pueblo en paz con Dios, otro tanto sucede en la cima del Calvario: "Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores..., fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes... sus cicatrices nos curaron..." (Is 52,4-11).

Veinticinco años después de la muerte del Señor, san Pablo escribirá que la "Cruz de Cristo es escándalo para los judíos y necedad para los griegos, más para nosotros es fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Cor 1,23-24). La verdadera sabiduría en este Viernes Santo consiste en descubrir las motivaciones profundas de la pasión y muerte del Señor. En su raíz está el amor de Dios, que no se contenta con acercarse a nosotros de múltiples modos a lo largo del Antiguo Testamento, sino que en la plenitud de los tiempos envía a su Hijo para redimir al hombre, alejado de Dios por el pecado. Movido por el Espíritu Santo, Jesús se ofrece voluntariamente al Padre en sacrificio para satisfacer por nuestros pecados. En la raíz del drama del Calvario está sobre todo la realidad estúpida y terrible de nuestros pecados, los pecados de todas las generaciones que nos han precedido y los de todas aquellas que nos sucederán. Todos ellos constituyen la historia más sórdida y negra de la humanidad. Ellos y nosotros, todos, somos los autores y cómplices de la muerte del Señor.

Esta tarde nos acercaremos a venerar la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Es el momento de mayor intensidad de la liturgia del Viernes Santo. Es el momento de contemplar su amor infinito, su fidelidad e identificación en la Cruz con todos nosotros y de romper con el pecado, causa última de su pasión y muerte. Ojalá respondamos besando con unción la santa Cruz y agradeciendo al Señor su sacrificio por nosotros.

Pero el Cristo ensangrentado del Gólgota, tan bellamente esculpido en el barroco andaluz, no es el único Cristo del Viernes Santo, que debió parecerse también a los Cristos del románico, tan bellos como numerosos en la meseta de Castilla. Por ello, os invito a imaginar también los Cristos del románico. Comprobaréis que les falta la corona de espinas. En su lugar figura una corona real. En su rostro no hay atisbos de sufrimiento. Es el rostro sereno y majestuoso de quien, muriendo, reina desde el árbol de la Cruz.

Por ello, en este Viernes Santo, a los pies del Cristo que reina desde el árbol de la Cruz, abramos de par en par las puertas de nuestro corazón para que reine en nosotros y sea en verdad nuestro único Señor. Ante el rey soberano que entrega libremente su vida para nuestra salvación, entreguémosle nuestra vida para que Él la llene y plenifique, para que Él la recree y convierta, para que Él la posea y oriente y la haga fecunda al servicio de su Reino.

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