Tribuna

Manuel Ruiz Zamora

Filósofo

Vientos de concordia

EN este país se ha producido una suerte de milagro: después de llevarse mucho tiempo perdidos en sus frívolas tesituras particulares, los demócratas han vuelto a entenderse entre ellos. Muchos analistas políticos de colmillo retorcido se han apresurado a destacar que al Partido Socialista, por ejemplo, no tenía otra alternativa, ya que unas nuevas elecciones hubieran significado, poco menos, que quedar reducido a cenizas, pero lo cierto es que esta fuerza política no sólo ha contribuido, a un coste que puede calificarse de épico, a que este país pueda contar con un gobierno, sino que ha evitado, como ahora sabemos, una alianza aberrante entre partidos que tan solo comparten entre ellos el objetivo declarado de dinamitar el Estado de Derecho. Hacía mucho tiempo que los demócratas de este país no teníamos tantos motivos para sentirnos orgullosos del Partido Socialista. El aplauso conjunto de la bancada popular y la socialista a la réplica de Hernando a la insultante intervención de Gabriel Rufián, ese político al que hay que agradecerle que le anteceda su apellido, es una de esas situaciones que nos remiten a algo que mucha gente echaba de menos: el clima de entendimiento y de concordia que se conoció como espíritu de la Transición.

Tal vez sea un poco aventurada la comparación, pero nos encontramos, salvando las distancias, en una situación muy parecida a la de aquellos años iniciáticos de nuestra democracia, cuando se produjo una confluencia de fuerzas políticas de muy diverso signo que, conjurando los fantasmas de ese fatalismo histórico al que tan propensos somos, supieron ponerse de acuerdo para alcanzar una serie de consensos básicos que hicieron posible el juego democrático tras casi cuarenta años de férrea dictadura. Frente a ellas, hay que recordarlo, se situaba un búnker ultramontano de rescoldos franquistas dispuesto por todos los medios a su alcance (incluyendo la violencia callejera y el intento de golpe de estado) a evitar que aquel experimento históricamente inédito llegara a buen puerto. Pues bien, la única diferencia entre aquellos tiempos y los actuales es que el papel que entonces jugaba la ultraderecha franquista ha sido asumido sin complejos por una izquierda antisistema y populista en perfecta concordancia con el independentismo periférico. Las manifestaciones de acoso a los representantes de la soberanía nacional por parte de una minoría de rabiosos nostálgicos de las dictaduras comunistas no desmerecen en nada de las que muchos recordamos en aquellos años de incertidumbres posfranquistas.

Frente al pesimismo generalizado que suscitan las debilidades parlamentarias con las que nace esta legislatura, creo que deberíamos permitirnos un cierto optimismo de la voluntad democrática, espoleada precisamente por la presencia en el hemiciclo de del rufianismo político como símbolo genérico de la amenaza populista. Este país necesita reconducir muchas inercias nocivas que se instalaron con suma facilidad en los años de bonanza económica y sus correlatos de autocomplacencia acrítica. Para ello es absolutamente indispensable la concurrencia constructiva del Partido Socialista, que, de forma paradójica, puede convertirse en el eje central de esta legislatura. Contra lo que quieren creer los ilustres profesores de Políticas que encarnan los resabios más reaccionarios e intolerantes de nuestro pasado, el Partido Socialista, precisamente ahora, comienza a tener un futuro innegable como principal partido de la oposición y, con un poco de tiempo, posible alternativa de gobierno progresista.

Por eso supone una pésima noticia el hecho de que Pedro Sánchez pretenda regresar de entre los muertos para tratar de reconquistar la maltrecha Ítaca socialista. El ex secretario general del PSOE representa lo peor de la mal llamada nueva política, esa que se caracteriza por lo que el politólogo alemán Carl Schmitt denominó dialéctica amigo-enemigo: una concepción primaria del poder que convierte el odio en el motivo en torno al cual se articula el discurso político. Afortunadamente, vienen vientos contrarios al sectarismo. Me atrevo a afirmar que ya la propia abstención en la sesión de investidura va a surtir sus efectos en la consideración general que tiene el electorado sobre los socialistas como opción responsable de gobierno. Si, después de ello, el PSOE, erigiéndose, como le corresponde, en principal partido de la oposición, es capaz de concertar políticas de estado en temas tales como la educación, la unidad de la nación, la lucha contra la corrupción o la imprescindible reforma de la Administración Pública, estaría relegando a Podemos a su papel natural de marginalidad política: es decir, aproximadamente el que ha ocupado siempre Izquierda Unida, ese otro muerto viviente que el inefable Garzón, insigne acosador de parlamentos democráticos, se ha encargado de enterrar entre las fauces omnívoras de la demagogia populista.

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