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Tribuna

Víctor J. Vázquez

Profesor de Derecho Constitucional

Las cenizas de Rubalcaba

Las cenizas de Rubalcaba Las cenizas de Rubalcaba

Las cenizas de Rubalcaba / rosell

Fue en 2019, pero parece que ha pasado un mundo desde la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba. Lo vemos tan lejos porque, desde luego, fue un día antiguo, quiero decir, un día tangible, no virtual. Multitudinario, no viral. La muerte, los muertos, mejor dicho, aún nos devuelven a un mundo de rituales. Nos sorprendieron aquellos honores, las muestras de afecto popular hacia alguien que, al fin y al cabo, sólo fue un político, un gran número dos, a menudo enfangado. Ahora ya la razón del duelo está clara. El cadáver de aquel hombre simbolizaba también el puntillazo a un mundo político, a una forma tangible de entender el poder que murió y había sido sustituida.

La retirada de Rubalcaba de la política se debió a su obsolescencia. Él era, cuando fracasó, un político del ayer en un escenario que reclamaba un mañana. La siguiente legislatura a su adiós ya se iniciaba con Felipe VI como Jefe del Estado, y en ella estuvieron presentes las formaciones llamadas a regenerar el sistema, a sacar éste de su inequívoco agotamiento. Sus líderes eran hombres jóvenes, ajenos al pudor con el que curten los ritos de paso. El primer cartel electoral de uno de ellos fue un desnudo integral, el otro eligió su propio rostro para estamparlo en la papeleta de voto. Vade retro, impudicia, nos querían decir mientras invitaban a perder complejos. Ambicionaban ambos suplir a los actores del bipartidismo; no pudieron, pero sí inauguraron una nueva forma de la política. Irrumpió la transparencia como trasunto de un culto cansino a la autenticidad y la cercanía. Trajeron la era del tuteo, del sentimiento y las emociones. Con ellos hemos visto, desde luego, cosas antes inimaginables. Votaciones on line para tasar la moralidad del líder en la compra de su hogar familiar. Ruedas de prensa para cubrir el inicio de la nueva vida de "emprendimiento" del ciudadano libre. Ambos, P. y A., no sin previa liquidación de sus mejores, certificaron nuestra entrada definitiva en un mundo novedoso de simulación democrática, ese proceso del que nos habla el alemán Ingolfur Blühdorn, donde la idea de bien común es expulsada del centro de la discusión política para ser sustituida por una pugna virtual de indagación demoscopia, análisis de datos y construcción de relatos, narraciones e imágenes. Es decir, eso que luego ha entendido Iván Redondo, el hacedor de Pedro, nuestro más acabado y vacío objeto virtual.

Pero no sólo ese fue su legado, también nos obsequiaron con exitosos e inéditos marcos político-divisivos. La "gente" frente a la "no gente", como etnia democrática de pertenencia; los "constitucionalistas" frente a los "no constitucionalistas", como indeterminado patrón oro de la legitimidad. Desde luego, se trata de conceptos que descarrilan en la práctica política deliberativa, pero que triunfan en un universo virtual que requiere bandos diferenciados, dialécticas claras que activen con eficacia el narcisismo político y la seguridad de que el problema son los otros. La era de la simulación es también, en este sentido, la era de la falacia Tu Quoque; la de un nuevo nacionalismo mental que, como mostró la vanguardia soberanista catalana, nunca atiende a la responsabilidad en su propia degradación, sino que la imputa al agente externo. El gueto clásico del "nosotros" toma ahora aire de los ecos digitales y consolida la indulgencia tribal. En la política del relato, de la simulación, no es rentable apelar a la ideología, a la clase, a la técnica o a la acción política, sino a la forma de ser, construir arabescas esencias sentimentales: "Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España?"

La nueva política no fue motor de ninguna revolución o regeneración, sino colaboradora necesaria, obediente vicaria, de un momento de disrupción, es decir, de una rotura o interrupción brusca en la cultura política hegemónica, pero sin un proyecto sustitutivo ordenado. El primer efecto de todo ello son unas instituciones incapacitadas para definir políticamente el bien común. El Parlamento no sólo no aprueba leyes, sino que tampoco integra y ordena el pluralismo social. El Parlamento, vestigio analógico, mira al centro del poder que está en lo virtual. El diputado tuitea, interactúa contra el votante de su adversario, derogando así la esencia de la representación, porque ese votante del adversario también era representado suyo. Lo patológico de esta disrupción hubiera trascendido de otra forma si el momento no fuera pandémico y dramático. Después de todo lo perdido, no se olvide, seguimos sin ser capaces de poner en marcha un debate sobre cuál ha de ser el destino de la ingente cantidad de fondos que recibiremos para nuestra reconstrucción.

La nostalgia es un error, las cenizas de Rubalcaba, de ese tiempo político, son sólo vestigios de un pasado que no debemos mitificar. El futuro es una obligación, desde luego, y también evitar que en él nuestros hijos tengan que hacerse la pregunta de por qué nosotros dejamos que todo se destruyera sin hacer nada por remediarlo.

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