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Tribuna

Francisco núñez roldán

Historiador

"De mi deber doy todo lo que puedo"

En la vida los deberes se desarrollan simultáneamente en dos planos: uno individual y otro social o solidario. Ambos planos casi siempre están en conflicto, el conflicto humano

"De mi deber doy todo lo que puedo" "De mi deber doy todo lo que puedo"

"De mi deber doy todo lo que puedo" / rosell

En las fiestas pasadas, el profesor y latinista José Solís felicitó la Navidad haciendo lo que se espera de él: aleccionar a sus amigos mediante un emblema clásico. Entre los muchos que se compusieron durante el Renacimiento, buscó el adecuado para este tiempo que sufrimos. No encontró otro mejor que el emblema del pelícano, utilizado como marca tipográfica por el impresor italiano Angelo Tavanno hacia finales del siglo XVI. La imagen y la simbología del ave alimentando con su propia sangre a sus crías desfallecidas y su comportamiento sacrificial, que forma el emblema, fue asociada por el cristianismo, desde san Agustín, a la redención y muerte de Cristo, que derramó su sangre por todos los hombres.

Impreso en 1585, el emblema de Tavanno formaba parte de esa tradición renacentista iniciada en 1531 por el Emblematum liber de Andrea Alciato, que combinaba una imagen alegórica, un lema y, aunque no siempre, un epigrama. Y fue común entre aquellos humanistas que amaban el mundo clásico, hacer de la emblemática un entretenimiento culto y a veces un regalo entre ellos. En esta ocasión Solís puso el énfasis en el lema de Tavanno, más que en la simbología del pelícano que dio por conocida.

El lema del tipógrafo en cuestión dice así: Omne quod possum do, "doy todo lo que puedo". Solís, en su felicitación, sintiéndose incapaz de asumir el desafío de este símbolo de la generosidad de Cristo, se consuela con apostillar: ex officio, de mi deber. Así pues, haciendo el lema más humano, concluye: "de mi deber doy todo lo que puedo". El ofrecimiento tiene que ver con el contexto que vivimos, con el drama que nos angustia, con lo que él mismo denominó esta universal aflicción. Así pues, en concordancia con su ideal cristiano y humanista, añade: "En este drama de la vida estamos las personas y las cosas para desempeñar lo mejor posible el papel que nos ha tocado". Pero el papel al que se refiere dista mucho de ser meramente consolatorio y pasivo, y apela a la lucha de cada uno contra la tentación individualista y egoísta, contra la indiferencia mezquina.

Es sabido que en la vida los deberes se desarrollan simultáneamente en dos planos: uno individual y otro social o solidario. Ambos planos casi siempre están en conflicto, el conflicto humano. A resultas del mismo se han generado a lo largo de la historia visiones del mundo y del hombre opuestas, ideas y doctrinas político morales en guerra. El análisis del conflicto dio lugar en la Antigüedad clásica a dos aforismos que lo resumen. Del dramaturgo Plauto es el primero, lupus est homo homini, que reduce al hombre a una clase de bestia irracional, enemigo y competidor cruel de los demás hombres, asunto traído más tarde por Hobbes para justificar la necesidad del Estado político, que superara el estado originario de naturaleza que no era otra cosa que una guerra de todos contra todos. La alternativa más hondamente humana, benefactora y altruista se debe a Cecilio Estacio: homo homini deus est, si suum officium sciat.

La primera oración de este aforismo llega a ser una utopía si no se matiza con la condicional: si conoce su deber, si sabe vivir como hombre. O dicho de otro modo, si no se reconoce la humanidad del otro, seremos lobos. Pero ya en el siglo XVI, cuando el debate entre los partidarios de uno u otro aforismo parecía agotado, Francisco de Vitoria encontró una tercera vía que superaba ese dilema: ni Dios, ni lobo, sino hombre. No se trataba a juicio de Vitoria de ser dioses ni de ser lobos sino de dejar aparecer al hombre que cada uno es, al hombre cuya honestidad es la fuente del deber, de manera que el aforismo que conviene a la razón, en lucha contra el egoísmo propio de la naturaleza humana, sería: homo homini homo, que supera los colectivismos y los individualismos pasados y presentes. No obstante, el conflicto entre los hombres no ha desaparecido ni lo hará jamás.

En esta coyuntura epidémica, social, política y económica que nos oprime las doctrinas morales parece que están de más. Por esa razón, la apuesta sencilla por hacer lo que se espera de nosotros, nuestro deber, es la única salida posible del laberinto que es la vida; del laberinto colectivo en el que estamos todos en comunión. Bastaría con imitar, como propone Solís, "a esos hombres y mujeres de vida ejemplar que en circunstancias dramáticas como estas se vuelcan en favor de los demás, en favor de la comunidad, sin mirarse a sí mismos". Aunque siempre habrá quien no quiera entregarse nunca del todo.

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