Tribuna

Virginia Pérez

Presidenta del PP de Sevilla

La dignidad del campo

Defiende que tan necesario o más que renovar sistemas de producción es “modernizar la percepción” que la sociedad tiene del mundo rural y su gente

Campos de cultivo en la Vega sevillana.

Campos de cultivo en la Vega sevillana. / José Ángel García

La agricultura es el arte que enseña virtud al hombre y la base de la opulencia a todas las naciones”. Gaspar Melchor de Jovellanos.

Hoy se vacían los pueblos y todos nos lamentamos mirándonos desconcertados, intentando comprender cómo puede estar pasando esto. Pero no tenemos la valentía de echar la vista atrás y reconocer que los pueblos no se vacían solos; están siendo vaciados por nosotros. Por todos, sin excepción. Por la comodidad de nuestra sociedad y por ese concepto “urbanita” de bienestar, de éxito y felicidad que asumimos como norte y guía de nuestro existir.

Tras la segunda Guerra Mundial y, sobre todo, tras nuestra Guerra Civil la escasez, la necesidad y la falta de empleo hicieron que muchos de nuestros compatriotas tuviesen que emigrar a las grandes ciudades para ganarse la vida. Entonces, como ahora, Andalucía era una tierra inmejorable para la Agricultura. Si bien, casi un siglo después subsisten los mismos problemas que entonces, con matices más actuales. La temporalidad, la incertidumbre con respecto a las cosechas y la dureza del trabajo en el campo lo hacen poco o nada atractivo.

A estas circunstancias hay que añadirle la degradación que le hemos ido aportando entre todos, al rebajar socialmente al ser rural a una especie de ciudadano de segunda clase. Sin entrar en valorar las políticas de subsidios ni las condiciones y subvenciones de la PAC que nos acompañan en las últimas tres décadas en España, deberíamos preguntarnos qué trato se le dispensa a la agricultura y por ende al entorno rural donde se enmarca en nuestra sociedad. ¿Somos realmente conscientes de lo necesaria que es?, ¿somos conscientes de cómo se llenan nuestras despensas?. Todo, viene del campo. Lo que se come lo da la tierra. Y si no comemos no podemos vivir, tan sencilla es la ecuación que se nos olvida resolverla.

Nos obcecamos en no querer comprender lo verdaderamente importante de nuestro entorno, que no son los hoteles de 5 estrellas ni los centros comerciales de tres plantas. La gente del campo ha hecho un enorme esfuerzo por estar a la altura de una sociedad que los necesita, pero no los valora suficientemente y en ocasiones ni los respeta. Los poderes públicos son conscientes de su importancia, consejerías y ministerios lo demuestran, la sociedad no tanto. En las últimas décadas nuestros campos se han ido optimizando de la mano de la tecnología, la modernización en la producción, nuevos sistemas de regadío, etc.; en resumen, del mejor aprovechamiento de los recursos.

Todo ello ha supuesto inversiones millonarias para producir más y mejor. Producciones sostenibles que son respetuosas con el medio ambiente, tan sensible socialmente ahora, con la llegada del Greening de la UE. Y todo lo anterior intentando mantener un equilibrio a veces imposible con la mínima rentabilidad exigible a todas esas transformaciones.

Pero la innovación y el esfuerzo por seguir siendo competitivos no han conseguido acabar con problemas cada vez más complejos como la falta de mano de obra. Sí, falta de mano de obra para trabajar en el campo con una tasa de desempleo del 21% y una tasa de desempleo juvenil del 47% en nuestra región. No hay trabajadores para recoger nuestras frutas y hortalizas, por ejemplo, o para la ingrata tarea ganadera. Y lo cierto es que no son solo importantes las regiones productivas, los eco-esquemas, los aranceles, el almacenamiento privado o las ayudas acopladas. La realidad es que si la fruta no se coge del árbol –valga este ejemplo para cualquier producto agrario– todo lo demás carece de sentido.

El reto de la renovación de las producciones, la fluidez del crédito financiero, el I+D+i de nuestros productos y el fortalecimiento de una agroindustria actual y competitiva debe ir necesariamente unido a la modernización de nuestra percepción sobre la comunidad rural. Tenemos que inculcar en nuestra sociedad –desde la educación pública en primer nivel–, el reconocimiento de la dignidad del trabajo agrario; todo esto indisolublemente unido a un esfuerzo educativo para quienes trabajan la tierra a todos sus niveles: universidad, formación profesional y empresa privada deben trabajar engarzadas para resolver cuanto antes estas cuestiones tan necesarias para que nuestro futuro sea mejor que nuestro presente.

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