Tribuna

Pablo Gutiérrez- Alviz

Notario

El diluvio que viene

En el futuro, cuando un matrimonio vaya a una notaría a firmar sus testamentos, podría escuchar la siguiente pregunta: "¿Cómo andamos de hijos desconocidos?"

El diluvio que viene El diluvio que viene

El diluvio que viene / rosell

El libro de las Revelaciones o Apocalipsis augura la destrucción del mundo y el Juicio Final del siguiente tenor: "Desaparecieron la tierra y el cielo y nadie volvió a verlos. Y vi que todos los que habían muerto… estaban delante del trono. Y fueron abiertos los libros donde está escrito todo lo que cada uno hizo… Fueron juzgados de acuerdo con … lo que decían los libros" (20, 11-13).

Los textos bíblicos no se recatan al amenazar con males y catástrofes que pueden desembocar en el Juicio Final con el general y consabido llanto y crujir de dientes. Además del clásico diluvio universal, se cuentan plagas, sequías, hambrunas, etc. Sodoma y Gomorra fueron aniquiladas por una asfixiante lluvia de fuego y azufre.

Históricamente, el pánico religioso ante la posible condena al infierno tenía su respuesta en los testamentos. En este sentido, son muy esclarecedoras las últimas voluntades de los indianos de los siglos XVI y XVII. La eminente americanista Enriqueta Vila tiene escrito que estos ricos comerciantes a la hora de testar intentaban comprar su salvación eterna. Y lo hacían ordenando legados en sufragio por sus ánimas, tales como el oficio de numerosas misas y la ejecución de cuantiosas obras pías a favor de establecimientos benéficos. No les bastaba el sacramento de la confesión y la obtención de alguna indulgencia plenaria, querían adquirir y asegurarse, por vía testamentaria, una parcela en el cielo.

En la actualidad las últimas voluntades apenas contienen la protestación de fe y, claro, escasean los legados en favor del alma. Los avances científicos y tecnológicos invitan a otorgar dos novedosos y sorprendentes testamentos.

El primero, denominado testamento genético, parece propio de Sodoma y Gomorra: presume una promiscuidad tan generalizada entre la población que su mera propuesta produce cierto sonrojo. Consiste en dejar constancia definitiva e indiscutible del ADN del testador mediante la recogida y depósito de saliva en un bote ante notario que este precinta, sella, y luego remite a una empresa, que lo custodiará en las condiciones que la ciencia requiera para su perfecta conservación, por si algún día apareciera alguien reclamando su paternidad. La causa de esta iniciativa sería evitar desagradables y costosas exhumaciones de cadáveres como la acaecida en el caso de Dalí. Una entidad mercantil pretende que los fedatarios lo ofrezcamos a la clientela con absoluta normalidad.

En el futuro, cuando un veterano matrimonio vaya a una notaría a firmar sus respectivos testamentos, el marido, en un aparte o delante de la esposa porque él afirma que no tiene secretos para ella, podría escuchar la siguiente pregunta: "¿Cómo andamos de hijos desconocidos? Hágase aquí una recogida preventiva de ADN, es barata y no duele nada. Le ahorrará muchos disgustos a sus herederos"

Y él, ante la incrédula mirada de su esposa, contestaría: "Venga, que nunca se sabe".

No me extrañaría que se extendiera este servicio de constancia indubitada y depósito notarial a la custodia de semen y óvulos. La notaría como singular y gélida clínica testamentaria.

El segundo sería la última voluntad digital y presenta interesantes consecuencias prácticas. Se trata de aquellas disposiciones testamentarias para que el heredero o la persona designada al efecto actúe ante los servicios digitales con los que el testador tuviera cuentas activas para cancelarlas o no, y ordenar la entrega de una copia de los archivos digitales que estén en sus servidores. También podría prohibir que sus herederos tuvieran acceso a su contenido, e incluso sería defendible que ordenara su completa destrucción. Una reciente Ley Orgánica ha regulado el derecho al testamento digital.

Los técnicos en esta materia aseguran que siempre queda rastro o huella de la vida digital, el ADN informático del testador (correos electrónicos, visitas a páginas web…). También puede que el heredero o albacea no cumpla fielmente con su obligación destructiva, o que la empresa de servicios digitales tampoco obedezca y conserve una copia. Al parecer (casi) todo queda en la nube. Y no es raro que esta famosa nube suelte, de vez en cuando, fuertes chubascos públicos con una lluvia de secretos de muchos particulares.

Con este panorama el Juicio Final tendría dos versiones muy distintas. La antigua, convencional y religiosa, en la que Dios misericordioso perdonaría todas nuestras faltas. Y la moderna, digital y pagana, cuando la puñetera nube rompa en una tormenta definitiva, a modo de sulfúrico diluvio universal, descargando todos los datos privados del personal que serían publicados a los cuatro vientos. Entonces sí que se producirá el anunciado llanto y crujir de dientes.

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