LLEGÓ la hora. Han corrido ríos de tinta, pero no ha sido hasta que un niño ha cruzado el umbral del colegio cuando todo ha comenzado. Van con mascarillas, se echan gel hidroalcohólico en las manos y muchos tendrán que permanecer en los recreos sin poder rozarse con compañeros de otros grupos burbuja, uno de los nuevos conceptos que ha traído a las escuelas el Covid.

Llevan medio año sin verse. Un tiempo en el que han crecido demasiado, hasta el punto de dejar inservible la ropa que usaban en marzo. La vida les ha dado un giro a ellos, a sus padres, a los maestros, a todos. Esta pandemia, quizá, les haya impartido demasiado pronto una de las más importantes lecciones que podrán aprender a lo largo de su existencia. Una enseñanza, sin embargo, que no parece que haya calado por completo en otros agentes sociales.

En el regreso a las clases presenciales –tras el fracaso, porque hay que llamarlo así, sin rodeos, de la educación telemática– ha sobrado mucho cruce de acusaciones, demasiada politización y grandes dosis de alarmismo. Cierto es que la situación con la que arranca el curso, con los contagios disparados, no invita al optimismo y sí a la incertidumbre, a las dudas y también al miedo. Pero en este escenario lleno de penumbras sólo cabe un término: confianza.

Cuesta trabajo aplicarlo, lo reconozco. La clase política dejó hace tiempo de ser depositaria de este beneplácito. Pero no se trata del partido que esté al frente de las competencias educativas, sino de quienes son, en su día a día, los auténticos hacedores del futuro ajeno. Maestros, profesores, directores, personal de apoyo y monitores. Profesionales que desde ayer se afanan en que esos niños que acuden a clase con la boca y la nariz tapadas se conviertan en ciudadanos responsables y con libertad de pensamiento, otra cualidad que pasa por horas muy bajas.

Falta confianza y sobra mucho ruido. No el de la calle, sino el que generan las redes sociales y los grupos de whatsapp de los padres, la mayoría de las veces reducidos a canales de bulos que se alzan como verdad absoluta y que podrían suponer un auténtico riesgo en estos tiempos en los que conviene andar con pies de plomo a la hora de hablar de contagios y cierres de centros educativos. Bien le valdría al departamento de Javier Imbroda prevenir de este uso malicioso a los directores de colegios e institutos en un curso en el que un rumor puede utilizarse como arma peligrosa no sólo contra la calma, sino contra la convivencia de los menores.

Y hablando de familias, también convendría que las AMPA, que en las últimas décadas han desempeñado un papel fundamental para la mejora de la calidad en la enseñanza pública, dejen a un lado los tintes ideológicos y eviten convertirse en instrumentos al servicio de intereses políticos. La educación de los niños debe ser lo primero. Por este motivo y por que la realidad en las escuelas sea lo más normal posible, no sucumban a los tambores de guerra.

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