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Tribuna

Ángela fernández

Periodista

La humanidad a la deriva

Es bueno recordar, para que no se nos olvide, que en España, no hace demasiado, se vivió una situación parecida a la del 'Aquarius'

La humanidad a la deriva La humanidad a la deriva

La humanidad a la deriva / rosell

Cuando las posibilidades de un futuro próximo se debaten entre las diferentes formas de morir, se puede decir que se ha tocado fondo. Sucumbir al hambre, ser víctima de un conflicto bélico, fallecer por deshidratación bajo el sol o yacer ahogado en el mar no completan la lista de deseos de nadie. Y en España, el hambre, la guerra o la inmigración son términos que creemos entender al tiempo que se emiten los informativos. Palabras etéreas, lejanas y referentes a otros. Pero lo cierto es que nunca debiéramos de bajar la guardia, y estaría bien tener presente que la suerte no dura siempre lo que dura la vida, y que la serenidad puede ser un espejismo. Es bueno recordar, para que no se nos olvide, que en España, no hace demasiado, se vivió una situación parecida a la del Aquarius.

El 28 de marzo de 1939, cuando la Guerra Civil rozaba su fin, miles de personas, civiles y militares republicanos, se desplazaron hasta Alicante, por entonces zona libre de tropas franquistas. Habían dado el aviso de que las tropas de Franco y la intervención italiana llegarían en pocos días tomando el territorio, de modo que vieron en el puerto levantino una última salida. La gente llegaba en oleadas y se hacinaba en el puerto con la esperanza de que barcos mercantes procedentes de Francia e Inglaterra la acogiera en su ansia de exilio. Entonces, dos embarcaciones inglesas hicieron oídos sordos a las órdenes de no acercarse al puerto por peligro de que se desatara una batalla. Los dos barcos fueron el Maritime y el Stanbrook. El Maritime zarpó con poco más de treinta pasajeros ante una indignada aglomeración de gente. Sin embargo, el capitán Dickinson, arriesgó su propia vida y condujo el Stanbrook, un buque carbonero de 1.500 toneladas, con cerca de 3.000 pasajeros hacia Orán, en Argelia. Los testigos cuentan cómo la llegada de las tropas italianas y los nacionalistas desataron el caos definitivo. No había salida. Se produjeron numerosos suicidios ante la enorme desesperación. Los allí acorralados, se calcula que en torno a 15.000, no pudieron librarse de las detenciones y los traslados a campos de concentración.

Paradojas de la historia, casi 80 años después, el Aquarius, un barco con hombres, mujeres y niños de diferentes países africanos, entre ellos Argelia, arribó a Valencia. Tomaron ese barco porque decidieron que al menos la muerte los alcanzara luchando contra el mar en un intento de echar el ancla en un mejor porvenir.

En una búsqueda desesperada de un futuro mejor las familias en Senegal ahorran para que sus jóvenes se embarquen en cayucos y puedan alcanzar el continente europeo. Saben que pueden morir durante la travesía, pero qué más da, se sienten muertos en vida, así lo cuentan y así se vio cuando pude mirarles a los ojos durante mi estancia en el país africano. Esos ojos oscuros y profundos como el mar al que se enfrentan. Hace unos años, tuve la suerte de trabajar en el programa Andalucía sin Fronteras para Canal Sur Televisión, espacio que trataba la inmigración en las provincias andaluzas y que producía la empresa Redacción 7, propiedad de Paco Lobatón. Conocí muchas historias ilusionantes y pude ver que todas esas historias humanas compartían varios apuntes: el primero, el deseo de poder conseguir vivir dignamente, algún día, en sus países de origen; el segundo, la importancia de haberles permitido volver a empezar. Si algo se debe facilitar a toda persona es el derecho al comienzo, al principio, ofrecerles el hoy de los días ulteriores. Y este derecho es precisamente lo que España les negó a los refugiados que debieron ser acogidos en nuestro país y por ello el Tribunal Supremo condena al Estado español por no haber tramitado las solicitudes de asilo asignadas por la UE en 2015.

Hoy, la tragedia de la inmigración sigue estando, tristemente, de gran actualidad. Hay quienes se opusieron a que aquellos refugiados o a que los inmigrantes del Aquarius arribaran a España. No los quieren y no porque aleguen absurdos y falsos porqués tales como que van a quitarnos el trabajo o a colapsar las salas de urgencias. Reniegan de ellos porque no sienta bien que nos recuerden lo venturosos que somos y el poco derecho que tenemos a quejarnos de vivir un fresco y desacostumbrado verano. El barco que se acerca es la metáfora de la humanidad a la deriva y su rechazo es la forma de no enfrentarnos a nuestras propias miserias.

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