Tribuna

EMILIO A. DÍAZ BERENGUER

CEO yKratos

Tu voto según tus consumos

Tu voto según tus consumos Tu voto según tus consumos

Tu voto según tus consumos / rosell

Si no consolidamos y apalancamos la democracia y a la vez somos más exigentes a la hora de luchar por el derecho a una libertad que hemos venido conquistando desde que se abolió la esclavitud, que tu voto compute sólo en función de tus consumos será parte de lo que nos espera. Todo, absolutamente todo, es reversible, por lo que deberíamos ser más activos en su defensa día a día.

Me encuentro muy lejos de una posición ludita contra la llegada de las tecnologías avanzadas a nuestro entorno que favorezca a la mayoría de los ciudadanos, sin perjudicar a las minorías, por supuesto, pero eso no debería estar reñido con una aspiración a la máxima libertad posible, sólo limitada por una gobernanza democrática implementada en leyes que apliquen siempre criterios de equidad, a la vez que favorezcan el desarrollo de las capacidades cognitivas de todos y cada uno de nosotros. Si esto se cumple, habremos ganado el futuro.

El mundo actual no se parece mucho al que viviremos dentro de no más de una década. Si somos capaces de gestionar oportunamente el periodo transitorio que ya ha comenzado, el amanecer de una nueva civilización para los humanos representará tal avance que sus potencialidades se desarrollarán de una manera tan acelerada como no habría conocido igual desde la aparición del homo sapiens, desmintiendo así a tantos catastrofistas que desde distintas vertientes del conocimiento están proliferando desde hace poco tiempo acá, para los que la ciberesclavitud se materializaría en un nuevo tipo de -cracia en el que incluso se podría dar el caso de que sustituyera el voto universal de los ciudadanos, propio de una democracia no demediada, por una votación no explícita cuyos resultados serían evaluados en función de las decisiones sobre consumo de productos y uso de servicios de cada elector, y esto se consideraría como el sistema más objetivo para conocer mejor el grado de satisfacción de cada uno de los ciudadanos que formaran parte de un determinado ecosistema.

Pero, esto no tiene porqué convertirse en realidad si somos capaces de poner en marcha las herramientas necesarias que flexionen las coordenadas que integran la inercia actual en la implementación para el uso de las nuevas tecnologías, regulando a favor de la mayoría de la sociedad y poniendo en marcha medidas para una aplicación más democrática de las innovaciones, quebrando el actual modelo de negocio globalizado y generalizado de las grandes tecnológicas.

La estrategia de estas corporaciones ha alcanzado muy satisfactoriamente los objetivos de su primera etapa: en algo más de dos décadas vivimos en un nuevo mundo ampliamente digitalizado y en las condiciones idóneas para conducirnos en la próxima década a un espacio tecnologizado hasta límites insospechables en el día de hoy.

Ahora es cuando realmente nos lo jugamos todo. Gracias a esta vasta inmersión hemos creado al homo digitalis, capaz de acceder a un grado de información susceptible de llegar hasta la infoxicación, con el consiguiente decremento marginal para su capacidad cognitiva de discernir.

Pero las soluciones para un mundo mejor en el que las innovaciones tecnológicas no acaben también con el homo politikón no pueden venir sólo desde lo público. Los ciudadanos y la sociedad civil deben participar impulsando iniciativas mediante las cuales se creen comunidades no nacidas necesariamente a partir de los algoritmos, sino de intereses vinculados al valor y no al precio de las cosas, que aprovechen la enorme oferta de herramientas tecnológicas que hoy están a su disposición.

Vivimos en una sociedad con mentalidad cortoplacista que deja el medio y largo plazos para el más allá. Surgen innovaciones constantemente en los principales campos de la ciencia que deberían traducirse en un mayor bienestar de las personas y en un más avanzado uso de sus potenciales capacidades cognitivas, pero eso no depende sólo de los científicos. Si no aportamos nuestra propia colaboración activa, podría no haber futuro para la humanidad porque el planeta fuera inviable o porque nos encontráramos ante un mundo en el que sólo el 1% de las personas disfrutarían de ese bienestar, mientras que el 99% restante estaría integrado, de facto, por ciberesclavos.

El capitalismo de vigilancia, o de plataformas tal como están hoy concebidas, tiene unas reglas que cumplir para alcanzar su objetivo último y lo hará, con toda seguridad, si entre todos, políticos, ciudadanos y sociedad civil, no tiramos del otro lado de la cuerda. Y aquí no se salvará nadie, ni siquiera las corporaciones que creen que sus posiciones actuales en los mercados representan un blindaje para los próximos tiempos en sus alianzas fatídicas con el tecnopoder, tal como viene ocurriendo ya en los campos de salud, educación, finanzas, etc. Más pronto que tarde serán devoradas e integradas por las superestructuras de vocación monopolística de las Big Tech y no habrá espacio para las instituciones democráticas, ni para la libertad, la justicia y la equidad en un nuevo mundo tecnoglobalizado si toleramos que impongan su modelo de gobernanza.

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