Almería

El regreso a la agricultura como fuente de riqueza

  • 2010 fue el tiempo en el que la agricultura mantuvo el tipo y fue capaz de absorber a buena parte de los parados de la construcción

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Antonio Lao

Director de Almería Actualidad

Decía Francis Bacon que “la prosperidad no existe sin temores ni disgustos, ni la adversidad sin consuelos y esperanzas”. La cita refleja con arrollador realismo la situación que se vive en la provincia en el año que concluye. Estamos inmersos en un proceso de interiorización de los problemas que padecemos; expectantes ante lo que pueda ocurrir en las elecciones municipales de mayo; con demasiadas individualidades en un mundo donde la fuerza se consigue desde lo colectivo y, lo más peligroso, todavía con la sensación de que si te dejas llevar el camino del progreso permanecerá de forma eterna. Algo, sin embargo, ha empezado a cambiar. Aquellos que vieron en el ladrillo la forma rápida de hacer dinero desistieron hace tiempo obligados por la crisis, y los otros, los que se aventuraron a convertirnos en un mar triste de cemento, incluso a costa de la que ha sido la fuente de ingresos, desarrollo y crecimiento en los últimos 50 años, la agricultura, han sucumbido ante la realidad, factible y comprobable, de que nuestro futuro está ligado a los cultivos intensivos como el caracol a su caparazón. 2010 será recordado en Almería como el tiempo en el que la agricultura mantuvo el tipo, vendió más que nunca y, lo que es más importante, fue capaz de absorber a buena parte de los parados de la construcción. Con el sector no han podido los agoreros que veían en Marruecos un competidor, ni los que se empeñan en dividir en vez de unificar y los postulantes de proyectos de fotomatón fácil, a la caza de la instantánea, para luego enterrarla en el baúl de los recuerdos y cerrarlo con siete llaves. La crisis se agudiza en la misma medida en que seguimos creyendo en nosotros mismos. Abiertos al mar, somos una tierra por la que han pasado fenicios, cartagineses, romanos o árabes. La mezcla explosiva nos lleva, irremediablemente como el Ave Fénix, a renacer de nuestras cenizas una y otra vez.

Lo hicimos a principios de siglo con el declive de la minería: repetimos en los sesenta con el fin del cultivo de la uva de mesa y nos recuperamos de nuevo después del mayor cataclismo llegado con la construcción y sus pelotazos. Los almerienses, casi todos, han entendido que la agricultura intensiva, que los cultivos bajo plástico, son el maná que genera cada año dos mil millones de euros, miles de empleos directos y otros tantos indirectos. La industria auxiliar que llegó ligada a los invernaderos nos sitúa en la vanguardia europea en investigación y desarrollo. La cuarta o quinta gama, el control biológico de las plagas o los cultivos hidropónicos son algunos de los avances que nosotros hemos desarrollado y que, pese a los errores, nos ha devuelto la autoestima y nuestra capacidad de crear. El optimismo del sector primario se contrapone a la realidad, con la que nos hemos dado de bruces, la de la construcción. La provincia llegó tarde al boom del ladrillo. Quizá por ello todavía creemos que algo está por hacer en este sector. No es más que una quimera. A pesar de que se han hecho algunas barbaridades –sólo hay que darse una vuelta por los pueblos del Medio Almanzora donde todavía hay más de 5.000 viviendas por legalizar- hemos sido capaces de conjugar la lógica con el afán especulador; el euro con la coherencia en las urbanizaciones y el sentido común frente al deseo de todos los ayuntamientos, casi todos, de caer en manos del todo urbanizable, a cambio de disponer de unas arcas saneadas y capacitadas para satisfacer a sus vecinos eso que hemos dado en llamar bienestar. Pero lo cierto es que el enfriamiento de la economía ha acabado viniendo pintiparado a una provincia que, aún hoy, se puede jactar de contar con uno de los espacios naturales capaces de definir en el exterior lo que vamos a ser en el futuro. Cabo de Gata-Níjar es, por sus endemismos, por su peculiaridad, por sus diferencias y por lo que ha incrustado de ecológico en la conciencia urbana a los almerienses, la base de la sostenibilidad y del desarrollo limpio que nos acecha y que, entiendo, ya está aquí. La provincia mantiene la ventana abierta del problema del agua.

El año que termina ha dejado sobre la mesa las obras de la planta desaladora del Levante (Villaricos); seguimos sin tener la desaladora de Carboneras a pleno rendimiento, no sabemos qué hacer con la planta de Rambla de Morales, terminada, y vemos como el grueso del Plan del Agua sigue siendo un proyecto. Aún así las lluvias de los dos últimos años nos ha llevado a olvidar que somos una provincia seca, en la que los buenos años hidrológicos son escasos y que, lo normal, es que la sequía sea endémica. ¿Hemos avanzado? Sin duda sí, pero no todo lo que cabría esperar. Dicen los que nos gobiernan que ésta iba a ser la legislatura del agua. Rebauticémosla como los cuatro años en los que se abordó una solución global al problema desde la desalación y alejados de los trasvases. La que saldrá de las urnas en 2012, con suerte, puede ser la que consolide una necesidad que nos ha marcado en los últimos 40 años. En este mar en calma en el que nos movemos, sin apenas oleaje, la vista se fija en el 22 de mayo. De los resultados de las elecciones penden demasiados proyectos para esta provincia, que no está para seguir la senda de los bandazos políticos, sino para ejecutar necesidades perentorias que nos fijen por el camino del crecimiento del que nos hemos salido en los dos últimos años. Tenemos la materia prima. Contamos con las personas. Parimos las ideas y sólo, sólo buscamos desterrar el síndrome de esquina que a veces nos atenaza.

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