jaime gastalver, arquitecto urbanista

"El urbanismo es la continuación de la guerra por otros medios"

  • Arquitecto peculiar, patrono de la incubadora de empresas Espacio Res, cocinero clandestino, gastrósofo... el entrevistado pertenece, sencillamente, a la categoría de los inclasificables

Jaime Gastalver, durante un momento de la entrevista, en el Espacio Res. Jaime Gastalver, durante un momento de la entrevista, en el Espacio Res.

Jaime Gastalver, durante un momento de la entrevista, en el Espacio Res. / fotos: juan carlos vázquez

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Al principio, cuando uno escucha a Jaime Gastalver (Barcelona, 1972), 'el Gamba' para sus amigos, puede pensar que es un charlatán, un vendedor de crecepelos, un habilidoso seductor de novicias. Sin embargo, en medio de su incontinencia verbal, de su personalidad desbordante y egocéntrica, suele surgir de repente la rareza del genio, el destello de la verdadera e incómoda inteligencia. Este arquitecto-urbanista, mitad 'clochard'-mitad caballero, es hombre de múltiples intereses al que lo mismo encontramos entrenando al equipo senior del CAR -el rugby es su gran pasión- que cocinando clandestinamente, al estilo de los paladares cubanos, para sacar unos duros con los que financiar sus proyectos menos rentables y practicar eso que llama la 'gastrosofía'. Ateo hedonista que presume de su formación en Portaceli y fundador junto a Lilian Weikert ("la mujer con la que llevo más de veinte años durmiendo, y espero que sean otros veinte"), del estudio La Plasita (sic), es además patrono e impulsor de la incubadora de empresas Espacio Res, en la Avenida República Argentina, junto a algunos miembros de la familia Pumar. Entre otros cortos, es autor de 'El asco', expuesto en el museo Reina Sofía. También frecuenta los escenarios con recitales de poesía. Practica el gamberrismo político y la vida alegre.

-Ya estoy grabando...

-Después tendrá que pasar el desagradable momento de escuchar mi voz a través de un dispositivo electrónico.

-Peor es escucharme a mí mismo. Hay que ser muy vanidoso para que eso te guste.

-Yo he descubierto la vanidad con los recitales de poesía. Eso de subirse a un escenario... Luego me escucho en un CD y no me gusta. Bueno, pregunte.

-Empecemos por los dioses manes, por el origen. Usted es descendiente de José Gastalver, un personaje curioso y olvidado dentro de la historia política andaluza de la primera mitad del siglo XX. Notario fundador de la revista Bética, burgués reformista, ateneísta...

-Soy su biznieto. En casa no se hablaba mucho de estas cosas, pero sé que fue el que fundó el Archivo de Protocolos, aunque lo importante para los sevillanos es el bar que hay al lado, el Vizcaíno. Intentó reformar el campo andaluz para mejorar la vida de los jornaleros. Era un catalán de la cuerda de Cambó. El Ateneo ha publicado un libro sobre su vida escrito por una prima mía, la historiadora Pilar Gastalver. Era un reformista burgués y de esa época me interesa más el pensamiento ácrata y libertario. Para mí es una figura muy lejana. Mi referencia es mi abuelo Pepe Gastalver, que empezó a preparar las oposiciones a Notaría pero estalló la guerra y ya nunca hizo nada, más allá de estar de tertulia y jugar al dominó con sus amigos. Pertenecía a una Sevilla que ya no existe. De niño, me fascinaba.

"En nuestro estudio hacemos arquitectura artesanal. Cada proyecto, sea público o privado, es un traje a medida"

-Su padre tenía un restaurante muy conocido en la Huerta de la Salud.

-Había sido director del Banco Industrial del Mediterráneo y lo despidieron cuando lo de Banca Catalana, un asunto que aún sigue coleando en la política nacional. Se lo llevaron calentito. Decidió montar un restaurante llamado Don José, pese a que la única experiencia que tenía era la paella de los domingos. Fue un auténtico autodidacto. Creo que durante unos años fue el mejor restaurante en calidad-precio que había en la ciudad. Yo me forjé en sus fogones.

-Antes habló del Vizcaíno, el escenario en el que se desarrolló uno de sus momentos de gloria.

-Sí, estaba tomando una cerveza y vi pasar el coche de Google. Lo vi claro: solté la cerveza, me puse delante del vehículo y le hice un calvo. Aquello fue trending topic y salió alguna crónica en la prensa muy simpática que no tenía nada que ver con la realidad. La gente se creía que era una broma de sevillano, cuando lo que pretendía era hacer una crítica a la absoluta falta de intimidad a la que nos somete Google. Me encantó hacer eso junto al archivo del bisabuelo. Google, de una manera estalinista, primero me pixeló y luego me borró definitivamente de la foto.

-¿Por qué estudió Arquitectura?

-Fue una decisión absolutamente consciente, aunque en mi familia no había ningún antecedente. Lo supe desde 3º de BUP. Lo que más me interesa de la arquitectura es su lado humanístico. En el estudio que tengo con Lilian Weikert, La Plasita (sic), hacemos arquitectura artesanal. No rechazamos la tecnología, pero cada proyecto es un traje a medida, sea público o privado. Tenemos claro que lo más importante es el otro, el habitante. Para decidirme por Arquitectura tuvo que influir mi afición al dibujo y mi fetichismo por la papelería.

-¿Le gustó la carrera?

-La universidad es un engaño. Lo que hace es castrar en vez de potenciar. Esto se nota más en los ámbitos creativos, donde la universidad es un freno. Más importante fue mi formación en Portaceli gracias a dos profesores, Carlos Vílchez y Pedro Garrido. Con ellos me di cuenta de que se puede enseñar de otro modo.

-¿Alguna influencia? ¿Es groupie de alguien?

-Parafraseando a Valle-Inclán: soy feo, ateo y epicureísta. Me interesa toda la línea materialista-ética de Epicuro, Charles Fourier, los matemáticos de la teoría de las mónadas... Pero no puedo decir cosas como: "Me encanta Javier Marías".

-Barcelona, Sevilla, Berlín, Nápoles...

-Esas son mis ciudades.

-Todas son del sur de Europa, menos Berlín.

-Quizás por mi educación con los jesuitas decidí ir a Alemania, la primera línea de la Contrarreforma. Berlín es el sitio donde conocí a Lilian y el lugar que me dio la vida. Fue maravilloso llegar de Sevilla a una ciudad que es puro vacío, que tiene una cultura de la fiesta y un hedonismo brutal. En Berlín vives bien trabajando sólo tres días. El resto del tiempo lo empleaba en los bares y en las charlas políticas.

-¿Cómo llegó allí?

-En tren, porque me dan miedo los aviones. Antes hice un viaje por la Bosnia arrasada por la guerra, poco después de firmados los acuerdos de Dayton, en septiembre-octubre de 1996. Quería ver la barbarie. Fue un itinerario por pueblos arrasados. Recuerdo que en uno de los controles militares, con hombres armados hasta los dientes, sonaba el Amigos para siempre de Los Manolos. Aquello era para mearse. De Bosnia me fui a Berlín para instalarme durante 18 meses.

-Pese a sus quejas, me consta que fue un alumno brillante.

-Fui una joven promesa que en seis años hice 33 asignaturas. Pero para hacer las seis que me quedaban tardé otros seis años. Presenté un proyecto de fin de carrera, El terrorismo de Estado en la gestión cotidiana de la ciudad. Era la época en la que ya habían empezado los desalojos en el Pumarejo, los asustaviejas, las declaraciones de ruina de la Gerencia de Urbanismo para especular... En fin, todo el sistema del Estado produciendo terror en mis vecinos.

-¿Qué calificación le pusieron?

-Un cero. Después presenté otro y aprobé.

"El corazón del paisaje urbano es el espacio público, el más degradado durante el siglo XX"

-De las ciudades que antes hemos mencionado, me quedo con Nápoles.

-Es de una gran intensidad, de una verdad absoluta sin intermediarios... Un lugar bárbaro, con varios poderes: la Camorra, la Iglesia, el Estado... Nunca he visto gente más culta sin haber salido de su calle. Para mí fue un flash, estuve trabajando de cocinero en un lugar llamado El cortijo andaluz.

-Entre tantas ciudades también tuvo su época de ermitaño-hortelano.

-En Cartaya, en una casa de mi familia que se vendía y que tenía un huerto de 800 metros cuadrados que te permitía vivir con sólo 300 euros al mes. Eso es calidad de vida. Lilian trabajó de profesora de alemán e informática, pero yo no conseguía trabajo en la recogida de la fresa. Era el único parado en un pueblo con pleno empleo. Nos presentamos a un concurso para mejorar paisajísticamente la autovía minera del Nalón y lo ganamos con una propuesta que consistía en camuflar un viaducto con unos jardines verticales gigantes.

-¿Siempre ha vivido de alquiler?

-En casa de herrero cuchara de palo. Eso me ha servido para saber que hay una violencia política constante en materia de vivienda. Todo el mundo mira para otro lado.

-En el logo de su estudio, La Plasita, aparecen tres palabras: Arquitectura, paisaje y gastrosofía. ¿No es un revoltijo?

-Unos amigos muy inteligentes nos aconsejaron que teníamos que "focalizar". Y nosotros lo hacemos, pero nuestro foco es un ojo de pez. Tenemos un pensamiento holístico, generalista, pasamos de la especialización. Eso tiene un peligro, que mucha gente puede pensar eso de "maestro de las liendres, que de todo sabe y de nada entiende".

-El paisaje es, a mi entender, uno de los problemas centrales de nuestro tiempo, por la degradación y destrucción a la que hemos asistido.

-En Andalucía se está trabajando el paisaje torpemente. Donde trabajamos nosotros más es en el paisaje urbano, materia de la que hemos dado clases en la Escuela de Arquitectura. El corazón del paisaje urbano es el espacio público, precisamente el más degradado durante el siglo XX. La ciudad se ha construido para el coche, las podríamos llamar polisautos. A partir de ahí nos hemos separado del espacio público y si vemos a un grupo de marroquíes en una plaza sin consumir nos ponemos nerviosos, no por ser marroquíes sino porque no sabemos ya socializarnos sin estar en un bar. Hay que volver a construir el espacio público, algo que sólo podemos hacer mandando a la porra el urbanismo, que es la continuación de la guerra por otros medios; es generar plusvalías con la punta de un lápiz; es una barbarie. No es una ciencia y tiene que desaparecer. Eso no nos asegurará hacerlo bien, pero sí el no hacerlo mal. El paisaje urbano es una de las herramientas para mejorar.

-A ustedes les interesa mucho la jardinería.

-Una planta es un material de primera, como un ladrillo. En nuestros proyectos, las plantas no están al final, sino al principio. Uno de los proyectos que propusimos fue generar una ciudad bosque en la que los árboles no están alineados y hay cierto salvajismo. No entendemos por qué no se planta en Sevilla todos los años un ficus. ¿Por qué no hay cinco o seis en cada barrio?

-¿Le llaman muchas veces utópico?

-Las utopías están para hacerlas realidad. Otro de nuestros proyectos es canalizar Sevilla. Una vez que tenemos controlado el problema de las inundaciones y que el río ya no es un enemigo, deberíamos hacer que afloren todos los cauces que hemos soterrado. Del aeropuerto se podría venir en barquita a Sevilla por el canal de la Ranilla, se podrían conectar todos los parques... Desde el asistente Arjona nadie ha apostado de verdad por lo verde. Hay que hacer una revolución de verdad en las ciudades, el coche tiene los días contados...

-Como se suele decir, el mundo está cambiando.

-Hay que plantearse muchas cosas, ¿por qué no trabajamos un día menos? No es necesario producir tanto y tan mal. En la arquitectura esas cosas se están planteando.

-Sin embargo, me consta que usted es muy trabajador.

-Tremendamente, soy un proletario salvaje, pero también soy un hedonista, algo que la izquierda no comprende, porque considera que el hedonismo es burgués. Leandro del Moral, mi director de Tesis nos llamó a Lilian y a mí hedonistas sostenibles. Me pareció un piropazo. Hay que dormir poco, unas seis horas, y el resto dedicarse a trabajar, a entrenar al rugby o a emborracharse.

-Vamos a cerrar con la gastrosofía. Complicado palabro.

-La cocina tiene mucho que ver con la arquitectura, con la diferencia de que para los proyectos de paisaje necesitamos mucho tiempo, gente y dinero, mientras que la creatividad en la gastronomía es directa e inmediata, sin intermediarios. Y encima la gente te da las gracias. Nosotros cerramos el estudio los viernes y nos dedicamos a darle de comer a la gente. Pero siempre desde el pensamiento holístico.

-¿Cómo es eso?

-Si piensas una fresa desde la gastronomía, sólo ves una receta. Si lo haces desde la gastrosofía, piensas en los invernaderos, los fosfatos de yeso, los inmigrantes... Lo que te da herramientas a la hora de pensar la sociedad desde la alimentación. Me gustaría que terminase la entrevista con unas palabras...

-¿Cuáles?

-Las que les digo a los jugadores del CAR a los que entreno tres veces por semana: caerse-levantarse-ganas.

-No están mal como punto final. Así lo haré.

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