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OPINIÓN. EL BOLSILLO

Pelotón..., ¡austeridad! ¡Arr!

Confirmado: se es infiel si se carece de algo. Esto, a bote pronto, puede parecer una coartada moral, algo opinable. “Soy infiel y, aah, no es por mi culpa: estuve malito de chico”; o me falta calor, o diversión, o comprensión o libertad (o me sobra rutina, o le sobra ibuprofeno salvador en la mesilla, o hace frío en el hogar). Pero, por fin, no hace falta siquiera tomar el atajo balsámico de la disculpa. Resulta que la infidelidad es genética: otra cosa más; no somos nadie. Unos científicos suecos han concluido que, cuando se carece de una variante de un cierto gen, se es más monógamo. Con lo pequeñitos que son los genes. No dicen los investigadores nada de las mujeres, que han quedado fuera de su campo de estudio porque tendría que ser así.

De forma que se divorcian más aquellos hombres que tienen más de una copia de un gen concreto. O algo así, y que me perdonen los que sí conocen el proceloso mundo del genoma humano: para mí, el genoma es un acto de fe. Se supone, pues, que el divorcio tiene que ver con la infidelidad, según el estudio. Parece lógico, aunque no sabe uno. ¿Qué fue primero, la gallina o el huevo? ¿La infidelidad, o sus causas y excusas? ¿Es que no hay “infieles” unidísimos a sus parejas? ¿Y divorcios sin cuernos, no los hay? Un gran tema –todo un clásico, diría yo– pero, al final, olvídense: un gen determina. Nos guía el inexorable destino genético de nuestro cuerpo y de nuestra alma. “Lo siento, gordi, soy esclavo de mi ADN, yo no quería, soy inocente”. Uff…

Y, ¿somos más o menos austeros genéticamente, también? Porque, en este tambor de lavadora que es la vida, todos conocemos a austeros y a derrochadores, a hormiguitas y a cigarras. Los conocemos, pero no sabemos si el miradito lo es por naturaleza o lo es porque lo aprendió de su padre, o es que la vida, ay, lo llevó a ser agarrado. Ni sabemos, en el otro lado, si la cigarra es así de desprendida por buena, por cantamañanas, por su incapacidad para coger el timón… o porque no replica un gen. Así que, a lo que vamos, la racionalidad económica –pilar de la Teoría Económica– podría ser algo con lo que encajan los que son genéticamente de una manera dada. Y los que no lo son, pues sufren en épocas de crisis. Como quien no le pega bien con la izquierda, no tiene buen olfato, no tiene entradas o vello, … no son austeros, no son emprendedores; son espabilados, son incapaces. Sea como sea, la austeridad es un valor en alza a estas alturas de 2008 en esta tierra; es lo que toca. Enhorabuena a los genéticamente más dotados.

Pero no siempre ha sido así. Sin ir más lejos, el valor austeridad ha estado en desuso por aquí durante más de una década. Bien mirado, España no ha sido austera en este periodo –antes al contrario–, y quizá por eso le ha ido bien: a gastar, a pedir, a comprar casa. Corre el dicho entre la tecnocracia comunitaria de Bruselas de que lo que más caracteriza a España es meter la pata justo cuando las cosas le están yendo bien. Espero que no sea otra forma de llamarnos “cerdos”, como nos llaman los ocurrentes euroescépticos anglosajones, incluido el Financial Times esta misma semana. Acrósticamente, PIGS (gorrinos, la S es de Spain): los países del arco mediterráneo. Perfidia y mala leche británicas aparte, quizá por no habernos parado a pensar en plena papa de la romería del dinero fácil, ahora toca ser austeros, enfriarse. Ser fieles… a la hucha. Hace algo más de un año –por mencionar un caso de obnubilación causada por la abundancia–, se hablaba de “pleno empleo técnico irreversible” por parte de un alto cargo de la Junta. Ahora las cifras del paro publicadas el martes son el más palmario síntoma del parón del ciclo.

No sé si será también genético o es puramente estacional, pero septiembre es el punto de partida para la travesía de la austeridad. Siempre ha sido así: las gambas y resto del veraneo quedan atrás con sus ronchas; los buenos propósitos acerca de los michelines, la natación, el inglés, las actividades extraescolares y la reforma del hogar quedán por delante. ¡Austeridad y fidelidad a la causa, arr!

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