Real Betis

Adán, una oda al voleón y otras hierbas

  • El portero fue el organizador de un Betis que jugó a contracorriente

  • Setién y Eusebio fumaron una pipa de esencias depresivas

El portero del Betis Adán trata de regatear al delantero de la Real Sociedad Oyarzabal. El portero del Betis Adán trata de regatear al delantero de la Real Sociedad Oyarzabal.

El portero del Betis Adán trata de regatear al delantero de la Real Sociedad Oyarzabal. / reportaje gráfico: antonio pizarro

Que desde la posición de portero Antonio Adán se convirtiera en el más importante organizador del Betis dentro de su área pequeña da pie al menos a dos interpretaciones. La más pertinente sería que quienes cargaban con tal tarea -ya fuera Javi García, Fabián y Boudebouz- se vieron sorprendidos por la maraña de la medular realista, aunque cabría también una segunda lectura: Quique Setién se fumó ayer la hierba equivocada, la otra hierba.

El Betis-Real Sociedad había generado expectación. En el recuerdo de muchos aficionados estaba aún presente el 4-4 del Real Sociedad-Betis de la primera vuelta, aquel partido que en octubre señalaba a ambos equipos como los representantes del fútbol-riesgo, del vértigo del balón, del tú metes, sí, pero yo intento meter uno más, un tipo de juego que conlleva de inmediato la etiqueta de loco o, peor aún, de fumado. Sin embargo, el Benito Villamarín, azotado en instantes por un arbitrario viento y por una lluvia a ráfagas, fue el escenario de todo lo contrario a lo que indicaban los pronósticos. De todos los resultados, el 0-0 se antojaba el menos posible. Así era sobre el papel, por estadísticas y por sensaciones.

Setién y Eusebio, Eusebio y Setién, tanto monta, monta tanto, optaron desde el comienzo por plantear un partido sin tomadura de riesgos. En los prolegómenos del choque ambos debieron de fumarse la pipa de la paz y del equilibrio, una pipa que contenía más depresivos que estimulantes, más corduras que arabescos, por lo que es de suponer que al fumadero acudiera también don Lorenzo Serra Ferrer. "Miren, muchachos, el humo tiene que llegar hasta el pecho".

Sin Joaquín, y con más jugadores por detrás que por delante de la pelota, el verdiblanco fue un equipo irreconocible durante la primera mitad. La ocasión más clara llegó precedida de un voleón de Adán, el último referente bético en el capítulo de asistencias. Sergio León la peinó y Tello falló ante Moyà el mano a mano. En el césped estaba Boudebouz, pero como si nada; también concurría Tello, pero apenas entrevió autopistas. Mientras, Adán entonaba su particular oda al voleón.

El Betis recuperó aliento tras la reanudación, pero no fue hasta la entrada de Joaquín cuando fueron abriéndose los carriles como a Moisés se le abría el mar Rojo. Hasta entonces Adán siguió siendo la figura con más peso específico para la ofensiva heliopolitana. Incluso se animó con un regate sólo apto para ensoñaciones narcóticas. Fue la única vez que arriesgó. Aunque lo verdaderamente delirante en la jornada fue ese cerocerismo al que se aferraron uno y otro conforme transcurrían los minutos. Fue un empate y un punto. Tono plano, el entonado propio de unas hierbas que fueron otras.

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