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Demócrito, filósofo: "El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto"

Una situación que puede derivar en proyectos truncados, metas incumplidas y una sensación persistente de insatisfacción

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Persona pensando / Pexels

Los humanos reflexionan muchísimo sobre aquellas cosas que le preocupan. Muchas veces, debido a que estamos con muchos frentes abiertos, nos vemos obligados a aplazar algunas tareas. El filósofo Demócrito en el siglo V a.C ya se había posicionado al respecto con la siguiente frase que ha pasado a la posteridad: "El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto.

Este pensador perteneció a la antigua Grecia y fue recordado como uno de los fundadores del atomismo. Hizo muchas aportaciones científicas, pero también hizo este tipo de reflexiones. En esta ocasión nos plantea la postergación constante. Aplazar una actividad consiste en trasladarla hacia un futuro cercano o lejano. Muchas de las veces se hace pensando en que habrá un momento más oportuna para retomar la actividad. Si esto ocurre rara vez no pasaría nada, pero si se repite convirtiéndose en una costumbre, erosionará nuestra capacidad de actuar. El filósofo concluye que el individuo que lo pospone todo no alcanzará la perfección jamás. Al final está relacionado con la actitud responsable hasta la vida y no con terminar una tarea en cuestión.

Si se tiene como costumbre, al final las tareas o los pensamientos se amontonan si no somos capaces de resolverlos a tiempo, convirtiéndomelo esas metas en imposibles. Esto se puede aplicar tanto a nivel académico como laboral y personal. La postergación no solo afecta al resultado, sino a la autoestima y a la confianza.

La perfección se entiende en este contexto como una excelencia o una plenitud. Esta requiere tiempo, dedicación y continuidad. No se trata solo de comenzar algo, sino de sostener el esfuerzo. La calidad de los pensamientos, de los actos y del trabajo debe ser constante y disciplinado. Al aplazarlo todo, tampoco habrá tiempo para revisar y mejorar. En este sentido, Demócrito nos invita a comprender que la excelencia no es fruto de la improvisación, sino de la constancia.

Además, la postergación suele estar vinculada al miedo: miedo al fracaso, al error o al juicio ajeno. A veces aplazamos porque tememos no estar a la altura. Paradójicamente, esa misma postergación nos acerca al fracaso que queríamos evitar. Al dejar todo para el final, disminuimos nuestras posibilidades de éxito y aumentamos la presión. Así, el hábito de aplazar se convierte en un círculo vicioso.

Desde una perspectiva ética, la frase también puede interpretarse como un llamado a la responsabilidad. Cada acción que postergamos afecta no solo nuestra vida, sino también la de quienes nos rodean. Cuando no cumplimos compromisos a tiempo, generamos desconfianza. Cuando retrasamos decisiones importantes, podemos perjudicar a otros. Por ello, la enseñanza de Demócrito no es meramente práctica, sino moral: actuar con diligencia es una forma de respeto hacia uno mismo y hacia los demás.

En el contexto actual, marcado por distracciones constantes y estímulos inmediatos, la advertencia de este filósofo cobra aún más relevancia. Las redes sociales, el entretenimiento digital y la cultura de la inmediatez fomentan la dispersión. Resulta fácil posponer tareas importantes en favor de gratificaciones momentáneas. Sin embargo, el precio de esa elección suele ser alto: proyectos truncados, metas incumplidas y una sensación persistente de insatisfacción.

Superar la tendencia a aplazar requiere autoconocimiento y disciplina. Implica establecer prioridades claras, dividir grandes objetivos en pasos pequeños y asumir que el momento perfecto rara vez llega por sí solo. También supone aceptar la imperfección inicial: comenzar aunque no todo esté listo, avanzar aunque existan dudas. Curiosamente, es actuando como se perfecciona la acción. La excelencia es un proceso, no un punto de partida.

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